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Archive for the ‘Literatura Akáshica’ Category

Tomás tenía 4 años, pero hacía preguntas de grandes. Superpoblaban su cabeza como miles de mariposas que aleteaban con los colores del arco iris. Cada una, era una idea. Pero raramente alguna vez las expresaba. No confiaba en el conocimiento que tenían sus padres, abuelos, o maestros. Intuía que eran repeticiones de saberes que sólo los usos y costumbres habían legitimado y vuelto verosímil. Sospechaba que con uno o dos porqués, el castillo de naipes se derrumbaría, y el rey quedaría desnudo. Era por esa razón que Tomás mantenía un silencio decoroso. O habría que decir, compasivo. No tenía intención de incomodar a los seres que lo criaban y educaban con tanto amor y esmero. Mucho menos deseaba dejarlos en evidencia. Pero en su corazón sabía que la manera en que ellos construían la realidad, carecía de verdad. Sólo estaba fundada en creencias, suposiciones, preconceptos y axiomas arbitrarios. Tenían verosimilitud. Sí. Pero no eran verdaderas. Entonces Tomás se encontró ante al gran dilema de cómo ubicarse frente a esa situación. Nada de lo que le explicaban, razonaban, indicaban, ordenaban, tenía para él, el peso de la verdad. Por lo tanto, tampoco autoridad. Sin embargo, era un niño de 4 años que debía cumplir con los mandatos de sus mayores. ¿Cómo podía resolver esa contradicción?

Llegó a la conclusión intuitiva de que debía inventarse un papel. Un rol similar al que ejerce cualquier actor. La estrategia que aplicaría iba a ser así. Fingiría que escuchaba a todos con suma atención. Con un gran interés y una generosa receptividad a todas las enseñanzas que se le brindaran, aceptando benévolamente todas las correcciones que se le hicieran. Mientras tanto, él sería el arquitecto de su propio mundo interior. Sería Tomás quien dejaría pasar lo que a su criterio fuese útil o interesante, y quien filtraría todo lo que le resultara banal o equivocado. De acuerdo a las decisiones que realizó, este segundo ítem ascendió al 94%.

De modo que Tomás había pergeñado una ingeniosa estrategia: sacrificaba y entregaba su ser externo, para proteger su mundo interno de la colonización de los “invasores”, y ser el único soberano de su propia conciencia.

Así transcurrieron 3 años de éxito total. Tomás se había convertido en un actor consumado. Todos festejaban lo aplicado que era. Él, por su parte, podía de esa manera, vivir en paz. Y lo más destacable de su actuación, era que nadie sospechaba que ese niño dócil y tan dúctil para educar, estuviese interpretando papel alguno. Escuchaba atentamente, obedecía todas las indicaciones sin cuestionarlas, reproducía puntillosamente aquello que los demás esperaban de él. Y todos contentos. La obra era un éxito monumental.

Hasta que un día, la obra se vino a pique.

Fue una noche, en realidad. En nochebuena, para ser precisos.

La cosa fue así:

Alrededor de la mesa cenaban Tomás, sus padres, 3 hermanos y 3 abuelos, en plena camaradería. La comida era abundante y sabrosa. El espíritu de la reunión era alegre, y todo transcurría con normalidad o dentro de lo previsible. Hubo algún cruce infantil entre sus dos hermanitos menores porque a uno le había tocado una porción más grande que la del otro. Luego asomó el relato del estado de salud de su abuelo Juan, a poco de haber sido dado de alta en una intervención quirúrgica. Más tarde, todos conocieron el plan de su padre para las vacaciones familiares.

En fin, nada fuera de lo común o cotidiano.

Hasta que llegó el momento de abrir los regalos. Fue cuando al abuelo Juan se le atragantó el maní tostado que masticaba con pasión. No había forma de sofocar su tos, a pesar de los dos vasos completos con agua que tomó. Tampoco la desactivaron las contundentes palmadas que el padre de Tomás le propinó en la espalda.

Aunque a decir verdad, el abuelo comenzó con su ataque de tos cuando Tomás, promediando su helado de chocolate, preguntó ¿por qué hacemos regalos en Navidad?

Su mamá, que volvía de la cocina con un pan dulce lleno de frutas abrillantadas, se sintió impactada por la pregunta de su hijo. Tratando de disimular su desconcierto, y depositando nerviosamente el pan dulce sobre la mesa, le dijo con una sonrisa forzada:

–  ¿Cómo decís, mi amor?

–  Que no entiendo por qué hacemos regalos en navidad. El verdadero regalo es la vida. Que estemos sentados todos juntos alrededor de esta mesa. Que sirvamos a los demás para que ellos y nosotros podamos ser mejores. Yo siempre me pregunto para qué vinimos aquí, mamá.

–  ¿Aquí dónde, Tomás?, le preguntó su madre, preocupada, a quien ya se le había borrado la sonrisa. Su abuelo, seguía tosiendo, y tenía las mejillas coloradas.

–  Aquí mamá. A este mundo. Vendremos por alguna razón, ¿no es así? Digo, para hacer algo especial. Algo que sólo podemos hacer cada uno de nosotros.

Su papá empezaba a tomarse la escena con seriedad. Se acomodó en la silla como pudo, -aún continuaba dándole palmadas en la espalda al abuelo- y le dijo a Tomás, no sin cierta ansiedad:

–  ¿De qué estás hablando, Tomás?

–  De eso, papá. De que algo especial habremos venido a hacer. Sin embargo, en la escuela nunca nos hablan del tema. Y yo siempre me pregunto por qué. Nos llenan de información. Pero de sabiduría, nada.

Sus padres lo miraron atónitos. Ya no decían nada. Estaban mudos. Hasta el abuelo Juan hizo silencio.

–  Es que yo tengo la sensación que todos ustedes, los grandes, pasan por la vida como si la vida fuera eso: comer garrapiñadas y juntar plata para regalar el triciclo en navidad. Y yo no lo entiendo, les confesó Tomás, mientras se llevaba a la boca una cucharita con helado de chocolate.

–  ¿Qué es lo que no entendés, Tomás?, dijo casi gritando la mamá, algo desesperada y con tal ímpetu, que su silla chirrió en el suelo.

–  No entiendo por qué buscan tanto afuera, cuando en verdad la búsqueda auténtica se debería hacer hacia adentro. No entiendo por qué si el verdadero regalo es la vida, no la honran cumpliendo con lo que se comprometieron a hacer aquí, antes de encarnar, en lugar de suplir esa promesa con actos y gestos secundarios. ¿Por qué si el maestro está en el corazón de cada uno, creen que el tributo deben hacerlo combinando objetos y decorados, que no sirven para otra cosa que para ser utilizados en la vida mundana? Y no es que yo no disfrute de este momento, se disculpó Tomás . Es tan solo que hay muchas cosas que no comprendo de lo que hacen ustedes los grandes, mamá.

Tomás terminó el helado de chocolate y no volvió a hablar más en toda la noche. Necesitaba regresar a su papel rápidamente, para sobrevivir. Pero por unos minutos, se había permitido ser él mismo. Lo cual no era poca cosa, a sus 7 años de edad.

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Cenábamos. Mi mujer y yo discutíamos por alguien que según ella, era culpable de un delito imperdonable. Un criminal. Esas eran sus palabras. Categóricas. Irreductibles.

Yo en cambio pensaba que se había equivocado feo. Había cometido un error más grande que una casa. ¿Por qué había sido tan torpe? Eran tantas las opciones alternativas a la decisión que finalmente tomó. Tantas. ¿Por qué no lo pensó dos veces antes de haber actuado? Ni yo ni ella lo podíamos entender. Gabriela estaba furiosa. Yo, con una impotencia tan electrizante que me paralizaba. Los dos, muy molestos. Escandalizados. Si lo hubiésemos tenido frente a nosotros en ese momento le habríamos cantado las mil y una. Definitivamente no podíamos comprenderlo. ¿Pero cómo pudo hacer semejante barbaridad? El, tan inteligente, tan buena gente.

Hasta ese momento.

Para nosotros era un punto de inflexión en la historia de la amistad que habíamos tenido con Gregorio. Un antes y un después. Ya nada iba a ser igual. Si pretendíamos plantar bandera y clavar el mastil de nuestros principios, ya no nos podíamos permitir seguir frecuentándolo. “A partir de ahora, verlo es sinónimo de oprobio”, pensábamos. De ensuciarnos. Conversar con él contaminaría nuestra alma con una presencia que se había vuelto indeseable. Nosotros no éramos inmaculados. Desde ya. ¿Quién puede serlo? Teníamos nuestros defectos. Como seres humanos, como pareja, como ciudadanos. Pero él había transgredido un límite que para nosotros era impensable pasar. Una sola pregunta cabía: lugar para que se disculpara, ¿había? Imposible. No sabíamos cuál sensación era más fuerte: si el enojo hacia él, o la desilusión. Quizás ambas. ¿Pero por qué no nos consultó antes? ¿Habría servido de algo? No lo sabemos. Pero al menos le habríamos dado nuestra opinión.

Con vehemencia. Por supuesto. Nada de concesiones o medios tonos.

Gregorio, ¿pero vos estás loco? ¡Dejate de joder! ¿¡Pero de donde sacaste esa idea!? ¡Largá el alcohol, hermano! ¿¡Cómo se te puede ocurrir algo así!? Te desconocemos, Gregorio. ¿Sos el mismo que conocimos hace 20 años? ¡¿Pero a dónde vinimos a parar, varón?! Sacátelo ya de la cabeza. Y por favor, no volvamos a hablar más del tema. Tabula rasa. Borrátelo del disco rígido de tu cerebro. Apretá el delete y desenchufate por 24 horas, querido. Nos parece que estás recalentando.

Así. Con virulencia y acidez. No era para menos. Pero no tuvimos esa chance. Lo hizo sin avisar. Sorpresivamente. Silenciosamente. Nos durmió a todos, Gregorio. ¡Pero fijate vos! ¡Cómo nos durmió!

                                                                                 ♥

Me apoderaba una tristeza infinita. No sabía como encontrar alivio. Dónde, un poco de paz. Algo de serenidad para mi alma. Estaba atormentado por miles de problemas, perdido en un laberinto colmado de malezas.

 Cuánto más buscaba la salida, menos la encontraba. Y más desesperado me ponía. Quería escaparme de mi mismo. Tenía que inventar algo para lograrlo. Salir de mi cuerpo. Irme de vacaciones y liberarme por unos días de quien yo era, y de mis tortuosas cavilaciones. Dormir el sueño de los justos y ya no volver a abrir los ojos al día siguiente. Cualquiera cosa iba a ser mejor que vivir la vida con esas víboras en mi cabeza que me masticaban el cerebro e inundaban mis venas de veneno. Cualquier cosa sería mejor que esa vida, que no era vida.

 Así estuve por semanas. Hasta que el plan llegó.

 Vendí todo lo que tenía. Me compré un rifle de aire comprimido y un cuchillo. Seleccioné algo de ropa, sólo la indispensable, y armé un bolso pequeño. No quería llevar mucha carga. El viaje sería largo. Cuánto más liviano estuviera, tanto mejor.

 Un vuelo directo me dejó en el Amazonas. Me interné en la selva con mucha dificultad. No era fácil para mí porque no tenía experiencia en esas lides. Sin embargo, mi determinación era más fuerte que mis debilidades.

 Ya estaba fuera de la civilización. Me afeité la barba, y con ese acto, decidí que simbólicamente acababa de borrar mi pasado. Y que con él, me despojaba de todas mis mochilas. Ya no era más Gregorio. Empezaría de nuevo, como si recién hubiese nacido. Elegiría un nombre nuevo, una personalidad nueva, me crearía creencias nuevas. Estaba decidido a fabricarme una nueva vida. Ya no quería sufrir más. Y para eso, comenzaría a hacer lo que siempre me había dictado mi corazón, pero nunca me había animado a poner en práctica. Sabía que la montaña de críticas de mis parientes, amigos, pareja, iban a boicotear cualquier mínimo hálito de intentarlo. En consecuencia, volvía a ser un buen chico, integrado, adaptado, normal, haciendo la  vida corriente de todos. Como la que se espera de alguien sano, equilibrado, maduro, responsable. Si ese era el precio que había que pagar para no ser rechazado, pues entonces lo pagaría. Después de todo, el corazón habla bajito. Casi en susurros. Con algo de ruido que lo tapara, con algo de movimiento que lo eclipsara, ya estaba resuelto el problema. Era tan delicada su presencia, tan sutil, que con cualquier acción bien marcada, lo haría retroceder. Y con él calladito, amordazado, ninguneado, ¿quién podría acusarme de nada? Sería lo que todos esperaban de mí que fuera. Y si alguna vez mi corazón se atreviera a dirigirme la palabra de nuevo, con un lindo chistido lo pondría en su lugar. No podía poner en riesgo mi camino hacia la felicidad. Y si él se había convertido con su tozudez e insistencia en mi principal enemigo, no le iba a permitir que conspirara contra mi éxito. Lo pondría a raya cada vez que fuera necesario, sólo para demostrarle que el que mandaba era yo. Yo era el dueño de mi vida. Y por lo tanto, el dueño de mis decisiones. El era sólo un invitado a la fiesta. Un actor de reparto en una novela en la que el autor y director era yo. Por lo tanto, era importante que entendiese que las reglas las ponía Gregorio Lemos.

 Así pensaba cuando era Gregorio Lemos.

 Las plantas carnívoras me deglutieron. Me dejaron seco. En un desierto sin agua dominado por escorpiones.

 Ya no lo soy más. Aquí, en la selva, deseo como nada en este mundo recordar quién soy. ¿Cómo era el timbre de voz de mi corazón?. ¿Cómo hacer para conectarme con toda la bendita vida que me rodea, ya no desde mi cerebro, sino desde aquel a quien intenté enjaular para que no alterara mis pasos, sin darme cuenta de que a quien estaba  poniendo prisionero era a mí mismo? No podía sentirme más seco. Más vacío. Y decidí hacerlo de una buena vez.  Nada había sido para mí más fuerte en toda mi vida que la necesidad de proteger a los animales, víctimas de los cazadores profesionales que los depredaban. Nada me hacía sentir más vivo que pensar en ello. Nada se le podía comparar al sentido trascendental que pensar en esa meta, le daba a mi existencia. Sólo así, valía la pena. Únicamente por eso, podía dormirme a la noche, ansioso en que comenzara el nuevo día.

                                                                     ♥

 Hice un tiro al aire como advertencia. Les grité que donde yo estuviera nadie podría matar un solo animal .

 Dispararon.

 El plomo ingreso en mi muslo derecho.

Jalé el gatillo. Una, dos, varias veces, hasta vaciar el cargador.

Creí que los había ahuyentado. Quebrado por el dolor,  me respaldé en un árbol y me hice un torniquete en la pierna. Perdía mucha sangre. Necesitaba ayuda médica urgente.

 Caminé cojeando sin rumbo, durante horas. Buscaba desesperadamente algún indicio de vida humana. Lo último que vieron mis ojos como una fotografía fuera de foco, fue una aldea. Escuché gritos de niños peleando o jugando. Estaba envuelto en una bruma cada vez más opaca. Me desplomé al suelo y la oscuridad lo cubrió todo.

Ahora todo era silencio.

                                                                 ♥

 No recuerdo haber recibido una dedicación tan esmerada por nadie, como la de aquella enfermera del hospital. Si no hubiese sufrido cinco impactos de bala que justificaron mi internación, los habría inventado sólo para ser su paciente. Era la mujer más seductora que había conocido jamás. Me quedaba embelesado observándola mientras me cambiaba las gasas, me controlaba el suero, me depositaba  la bandeja de comida sobre la mesa rebatible. ¿Existía el amor a primera vista? Yo siempre había descreído de ese cuento de románticos idealistas. Sin embargo, no podía estar más embobado. Cada vez que entraba a mi sala,, el corazón me latía al ritmo del galope de un caballo de carrera que acomete el último tramo hacia la recta final. Es que así me sentía yo. Un pura sangre deseando conquistar a su yegua. Yo no sé si ella se daba cuenta de todo lo que me pasaba. Creo que sí. Pero la realidad era que no me la podía sacar de la cabeza. Y cuando la sentía atenderme con tanto amor…¡dios mío!…. era como tomar dos vasos de whisky completitos. Me dejaba el alma totalmente borracha.

Hasta que un día, vino seria como nunca la había visto.

Circunspecta y preocupada, se paró al lado de mi hombro, me arregló el pliegue de la sábana, me acarició el pelo y con los ojos humedecidos me dijo:

 –   Gregorio, cuando los médicos lo den de alta no va a poder volver a su casa.

–   “¿Cómo?”, le pregunté confundido. Temí lo peor. Que ya no podría volver a caminar. O que me habían encontrado alguna enfermedad terminal.

–   “Hubo una denuncia”, me explicó Mabel. Su voz sonaba desgarrada. Dolorida. “Lo están investigando. Cuando lo den de alta, va a ser detenido por la policía”.

–   ¿Denuncia? ¿Qué denuncia?¿De qué estás hablando Mabel?

–   Al mismo tiempo que ingresaste al hospital, hace 3 semanas, recibimos a otro paciente. También estaba herido de bala como vos. Los peritos determinaron que las balas salieron de tu arma.

–  ¡¿Pero de que me estás hablando Mabel?! ¿De qué arma me estás hablando?!, la increpé fastidiado. “En lo único que pienso es en cómo hacer para animarme a decirte que estoy locamente enamorado de vos, y resulta que vos me venís con una historia descabellada de peritos, armas y balas?! ¿¡De qué me estás hablando?!, grité enfurecido.

 Traté de incorporarme en la cama, pero la pierna me dolía como nunca. No podía moverme. Mabel me miraba desde allá arriba con lágrimas en los ojos. Eran lágrimas de impotencia. Con sabor a decepción. A desconsuelo. Yo cada vez entendía menos. Pero lo que más me costaba asimilar era sentir que Mabel se alejaba. Se iba cada vez más lejos. Y cuando la trataba de acercar hacia mí de nuevo para cobijarla calentita en mi corazón, Mabel se resistía, pegaba un tremendo chicotazo, y volvía a huir. Y cuanto más le gritaba ¡Te amo, Mabel! ¡Te amo!, ella echaba a correr como una gacela y se perdía en un  horizonte cerrado, de un cielo plomizo, inundado de nubes de tormenta.

 –  Cuando llegaste en coma al hospital tenías un rifle colgado en tu hombro. Te están investigando por homicidio, Gregorio.

 Una lágrima brotó de sus ojos de miel.

Y recordé.

                                                                    ♥

 Cada día preso nunca dejé de pensar en Mabel. Jamás. Lo único que me mantenía con esperanzas era soñar en qué haríamos juntos cuando la pudiera recuperar. Fueron años muy duros. Conocí a gente que nunca imaginé que existiera. Aprendí de ellos muchas cosas. Otras tantas, reprobé. Cada instante era una eternidad. Cada noche, un infierno. Pasaba horas tratando de recordar cómo era la sensación de los rayos del sol pegando sobre mi mejilla. No podía permitirme olvidarla, porque hubiese implicado morir un poco. Trataba de inventarme proyectos para cuando saliera de la cárcel. No me importaba que para eso faltaran años. Era un incentivo que me ponía para que cada día tuviera algo de sentido. Algo de sabor. Si lo iba a poder cumplir o no, tenía para mí poca importancia. Era un juego que había inventado para darme fuerzas y poder continuar. Para eso, nomás.

Una mañana, luego del desayuno, los guardias nos ordenaron que debíamos presentarnos en el pabellón central. Nos dijeron que había novedades y que ya nos enteraríamos a su debido tiempo de que se trataban. “Mejor que hagan buena letra”, nos advirtió el jefe de turno, levantando el mentón y apuntándonos con su índice derecho.

La última vez que nos había dirigido la palabra el director del penal,  había ocurrido hace dos años. Una fuga de tres antiguos presos había caldeado los ánimos. El clima adentro de la cárcel se había puesto muy tenso, y reforzaron las medidas de seguridad. El director en persona se encargó de informarnos la nuevas reglas. Desde ese momento, nunca más lo habíamos vuelto a ver. ¿Qué sería lo que tendría preparado esta vez?

                                                                  ♥

–   “Los tiempos cambian, muchachos”, comenzó el director en tono circunspecto, y pensé que se nos venía la noche. “No podemos seguir teniéndolos acá sólo a la espera de que algún día salgan libres y se reintegren a la sociedad por acto de magia. Y mientras tanto, ¿qué? ¿Los encerramos acá y que Dios los ayude? Todos están acá por algo. Sabemos que ninguno es una carmelita descalza, y están pagando el precio por el delito que cada uno cometió. Muy bien. ¿A eso nos debemos limitar quienes los tenemos bajo nuestra responsabilidad? ¿A mantenerlos con vida? ¿No tenemos la obligación de ayudarlos a que se hagan mejores personas? ¿A que se conviertan en individuos valiosos para los demás? ¿Para sí mismos? ¿Para la sociedad? ¿No debemos darles herramientas para que tengan recursos dignos para ganarse la vida honestamente, allá afuera? ¿O nos dedicamos sólo a alimentarlos como ganado y a vigilarlos para que no se fuguen?

Yo escuchaba al director del penal anonadado. Nunca imaginé semejante discurso. Me parecía todo un gran sueño subsumido a la pesadilla mayor. Sin embargo, era todo real. Hasta que llegó al punto. Se implementaría un programa de educación integral. Habría enseñanza de oficios, carreras universitarias, y yoga. Todos teníamos la obligación de elegir un curso, de un total de 19. Debíamos dedicarnos a él hasta completarlo.

Casi salto de la alegría por el anuncio. Debí disimular mi felicidad para no hacer el ridículo. Teníamos 48 horas para elegir. Comenzábamos el lunes.

                                                                     ♥

Durante 7 años consecutivos me entregué a la práctica del yoga. Mi vida había dado un vuelco insospechado. La meditación me había llevado a territorios interiores totalmente desconocidos. Me había convertido en mi propio  laboratorio,  experimento e investigador, todo al mismo tiempo. De la prisión sólo quedaban la estructura física con reglas severísimas que me impedían salir al exterior. Pero nada podía hacer para coartarme la libertad de mi conciencia. En mi mundo privado, era libre como los pájaros.

Hasta que un día, sin proponérmelo, quedé absorto por un descubrimiento. En uno de los tantos estados contemplativos en los que ingresaba cada vez con mayor facilidad, tuve una visión. Ví a un corazón bombeando sangre al interior de un gigantesco dique. Lo hacía con un enorme esfuerzo porque la sangre no fluía como correspondía, sino que se acumulaba y se estancaba en esa enorme represa. Observé como iba provocando fisuras cada vez más severas. La liberación de la presión acumulada fue tan explosiva, que el caos se apoderó de la situación. Hasta que las grietas fueron tan grandes, que el enorme muro estalló en mil pedazos. La marea de sangre barrió con todo lo que se le cruzó por el camino.

Y lo comprendí todo.

Debía dedicar mi vida a la protección de los animales. El error había estado en el cómo. Lo encontraría estando en equilibrio. Para eso debía vencer mis miedos. Aquellos que construían mis diques. Si tenía éxito en eso, la forma de hacerlo llegaría sola. Me había equivocado en la implementación. No en el objetivo. La clave estaba en mi posicionamiento correcto frente a la realidad.

                                                                     ♥

Hace 5 años que salí por buena conducta. Soy guardaparque en una reserva nacional. Hoy puedo decir que me siento la persona justa, en el momento exacto, en el lugar preciso del Universo. Doy clases de yoga para nuestros visitantes. Los llevo hasta un lugar maravilloso, donde tengo preparadas colchonetas dispuestas a la vera de un arroyo. Cuando terminamos la meditación, los convido con té verde, frutos secos y cereales. A mis alumnos les enseño a amar y confraternizar con nuestros hermanos menores: los animales. A respetar a la naturaleza, porque lo que le hacemos a ella nos lo hacemos a nosotros también. Y fundamentalmente, les enseño a escuchar a su corazón.

Pablo Vaserman

 

 

 

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Las olas del mar bañaban la costa con sus lenguas de sal. Marcaban el perímetro de ese pedazo de tierra en el medio de un universo de agua batiente. Podría decirse que en esa isla no había más que un alma vieja. El resto eran almas nuevas o jóvenes, haciendo sus primeros palotes en un planeta muy pequeño, de un sistema periférico, perteneciente a una galaxia llamada Vía Láctea.

Estaban encarnadas en plantas, árboles, animales silvestres, cetáceos, insectos.

Medoyán en cambio, era la única alma vieja de ese ecosistema perdido en el medio de la nada. ¿Cómo llegó Medoyán a estar solo en la isla, sin ningún contacto con el mundo exterior? ¿Cuál es su historia? ¿Su pasado? ¿Quiénes fueron sus amores, y cuáles sus desengaños? ¿Cuál era su comida favorita? ¿Qué libros le gustaban leer? ¿Qué hacía en sus ratos libres? ¿A qué se dedicaba? ¿Cómo se ganaba la vida? No lo sabemos. Sólo él lo sabe, y respetamos su silencio. Un silencio en el que está sumido desde hace doce años, cuando ocurrió aquel infausto naufragio, del que hoy es el único sobreviviente.

Aunque en tren de ser precisos, habría que decir que Medoyán no sobrevivió al ataque enemigo. Más bien, perdió la vida, y renació. ¿Cómo se experimenta semejante prodigio? Sólo él lo sabe. La única información que manejamos es que su corazón dejó de latir, y Medoyán entregó su último aliento a las estrellas, mientras lo cubrían compasivamente con su manto de plata. Su vida se apagó como se consumen las velas que hacen el milagro de crear luz donde antes había oscuridad. El pabilo de su vida se había terminado y la llama murió.

Cuando su alma salió de su cuerpo, viajó a dimensiones imposibles de concebir para la mente. Cuatro ángeles de fuego la llevaron a darse un baño de agua bendita celestial, para purificarla y devolverle el brillo que le pertenecía, luego de quedar percudida por los avatares tan complejos que ocurren cuando un ser espiritual tan puro y elevado, encarna en un planeta condicionado por las fuerzas del mal como el planeta Tierra.

Su alma arribó a un lugar de la Creación, caracterizado por estar fuera del tiempo y del espacio. Allí, los ángeles le colocaron un zafiro en su entrecejo. La gema emitía un brillo tan remoto y penetrante, que los querubines y serafines de más alto grado, perdieron el aliento por el asombro que les produjo presenciar semejante maravilla.

En su chakra cardíaco, le pusieron una piedra de diamantes, para que iluminara el camino a quienes desearan ser guiados por un criatura ungida por Dios.

Sobre sus manos, anillos. Uno para cada dedo, cada cual dotado de un poder especial. No podemos revelarlos a todos. Pero hay tres que sí.

En el meñique derecho, los ángeles le colocaron un anillo de oro verde. Provenía de unas montañas nevadas que existen en un planeta de la octava dimensión. Proyectando la luz de este anillo sobre los ojos de una persona, Medoyán sabría sin lugar a dudas qué era lo que esa alma necesitaba aprender, y cómo colaborar con el mundo espiritual para crear las circunstancias más favorables en la realidad física, de tal manera que las pudiera vivir, y con ellas, tener la oportunidad de evolucionar.

En el mayor izquierdo le colocaron un formidable anillo de Topacio. Apuntando la piedra preciosa sobre el corazón del alumno, y pronunciando cinco palabras mágicas mientras simultáneamente entonaba una melodía angelical, podría proyectar sobre el cuerpo mental del estudiante, recuerdos del paraíso. Pero no cualquier clase de recuerdos, sino algunos muy especiales. Momentos y vivencias que efectivamente esa persona tuvo allí, hasta que decidió ingresar a la rueda de las encarnaciones y comenzar su vasto viaje educativo del alma por el Universo.

En su índice derecho, una mariposa divina se posó con una elegancia indescriptible. Su belleza encandiló a todos los elementales del aire, del agua, del fuego y de la tierra. Frente a la solicitud de su nuevo amo, el ser alado podría conversar con los duendes y las hadas para organizarle al candidato elegido por Medoyán, momentos mágicos. Verdaderas situaciones que desafiaban a las más rigurosas leyes de la física conocida,  sin necesidad de que el elegido tuviera que salir de la realidad cotidiana.

En sus tobillos, alas plateadas le permitirían remontar vuelo hasta cada lugar del Universo donde su mariposa le soplaría al oído, el secreto de donde hallar las soluciones para las grandes necesidades por las que muchos seres humanos irían a buscarlo, anhelando el asesoramiento sabio de un maestro espiritual que alumbrara su vida y los guiara hacia el despertar.

La corte celestial lo nombró rey de la Tierra, y le colocó sobre su cabeza una corona de oro blanco, engarzada con rubíes, amatistas, zafiros y cinco ojos angelicales, a través de los cuales podría ver todos los futuros posibles y seleccionar el más fértil asociado a cada alumno suyo, para que le brindara las mayores herramientas y oportunidades para cumplir con su misión espiritual.

Los orfebres divinos también incrustaron un ojo dorado sobre su columna, el cual le permitiría ver el pasado para ir a buscar lo mejor de otras vidas de cada individuo y traerlo a su presente para ayudarlo a progresar, con la condición de que utilizara esos dones para ayudar a progresar a los demás.

Finalmente, los ángeles le entregaron cuatro pergaminos celestiales. Seres vivientes portadores y guardianes de la Sabiduría, que sería servida a Medoyán como su alimento y su bebida diaria, durante toda su vida.

Cuando toda esta ceremonia culminó, la voluntad Divina ordenó que Medoyán regresara a su cuerpo, en aquella isla perdida, ubicada en alguna coordenada del océano Indico, y le fuera devuelto su papel de náufrago sin esperanzas ni horizontes.

Pasarían 14 años hasta que fuera rescatado, se reinsertara a la sociedad, y descubriera que había sido convertido en el maestro espiritual más grande del planeta.

Sin embargo, para que ello ocurriese, debería pasar por largas pruebas, para demostrarle al mundo invisible que merecía todos los regalos que había recibido, y que valía lo que de él pensaban. Recién allí, recordaría quién era.

La mayor de esas pruebas, era si tenía fe en Dios, o no.

Un náufrago, olvidado y sólo, en una isla fuera del mapa.

Y en eso estaba, Medoyán.

Pablo Vaserman

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Detuvimos el paso. Habíamos atravesado a pie, un río profundo y caudaloso. La corriente era temeraria. Mi maestro me dió una indicación de lo más extraña. “Imagínate que eres un elefante parado sobre tus cuatro macisas patas. Un paquidermo tan pesado, que nada podría hacerte perder el equilibrio”, me dijo con autoridad. ¿Es que se ha vuelto loco? El río estaba a punto de tragarnos ¿y él me venía con dibujos animados? “Acalla tu mente y hazlo ya mismo porque tu vida está en juego”, agregó. Me lanzó una mirada fulminante. Lo último que me dijo fue que repitiera sin descanso y en voz casi audible una palabra absurda de ocho letras. Y ya no volvió a hablar.

Lo obedecí, y nadie me lo contó. Lo ví yo mismo. Para mi mayor asombro, el río se bifurcaba a través de mí. Era como si yo me hubiese convertido en un filoso y delgado cuchillo, cuya hoja de acero cortaba el agua brava en dos mansos afluentes.

Llegamos a la ribera. El trayecto lo había hecho con tanta naturalidad y con tan poco esfuerzo, que perdí la noción de la gigantesca correntada que se llevaba puesto todo con ella. Pero mi maestro y yo estábamos intactos. Sin una gota de humedad. Como si nunca hubiésemos estado en peligro. ¿Podía no estar sorprendido? ¿Cómo era posible? Las piedras volaban, los árboles crujían como ramas secas, eran arrancados por el viento como pasto seco. Flotaban inermes en un río que los vapuleaba sin respeto. Algunos se hundían. Otros se perdían en la trampa mortal de una marea furiosa que el río perpetraba sin compasión. ¿Y nosotros sin un rasguño? Pero no quise hablar. Aún seguíamos adentro. Seguí caminando, detrás de mi maestro. El andaba en silencio, y después de los relámpagos que sus ojos me habían clavado en los míos, pensé que romperlo podía ser más riesgoso que el tsunami que estábamos atravesando juntos.
Un hombre de conocimiento, y un elefante.

Aún al día de hoy ignoro qué fue lo que paso, ni como lo hicimos. Pero lo logramos. ¿Estábamos pisando tierra firme? ¿Era posible?

Detuvimos el paso. La densidad de la selva que se avecinaba era tan tupida, que a todas luces parecía impenetrable.

– “Ahora quiero que te conviertas en un águila”, me indicó con sequedad. “Nunca tienes que dejar que el árbol tape al bosque. Quiero que lo
observes con la visión del águila. Y luego, me cuentes tus conclusiones”.

– “¿Conclusiones?”, le repetí desconcertado.

– “Sí. La razón por la cual estamos aquí”, me dijo con énfasis.

– “Pensé que sólo nos habíamos aventurado en la selva para agudizar los sentidos”, me justifiqué. “Al menos, era lo que usted me había explicado cuando partimos: ´Para estirar un poco las piernas. La ciudad adormece. La naturaleza, en cambio, nos despierta´. Y cosas así.

“Y no te mentí. Todo eso es cierto. Pero son solo partes de la razón global que explica por qué vinimos aquí. El problema es que si continúas analizando la información que crees tener, en lugar de escudriñar este misterio como lo haría un águila, no vas a llegar a ningún lado más que a tu ombligo. Y ahí vas a estar peor que en la ciudad. Te lo aseguro. Yo que tú, empezaría cuanto antes. No nos quedan muchas horas de sol”. 
Sus ojos brillaban.

– “¡Pero es que no tengo la menor idea de cómo hacerlo! ¡No sé cómo vería esta situación un águila!”, protesté.

– “Estás enfocando mal el problema. No te estoy pidiendo que veas esta situación como la vería un águila. Lo que te estoy implorando que hagas, es algo mucho mejor que eso: que te conviertas en un águila, y veas como un águila. Recién atravesaste el río como lo haría un elefante, ¿no es así?”

– “Sí, es cierto. El sentido del equilibrio, la dirección hacia una meta sin titubeos, el aplomo, la perseverancia, el dominio de la situación….ninguna de esas aptitudes eran mías”, le confesé.

– “Por supuesto que no. Porque no hacías como si hubieras sido un elefante que atravesaba un río. Eras un elefante, y actuabas como tal. Lo mismo te pido que hagas ahora. Conviértete en un águila, observa nuestra realidad y dime las conclusiones que hayas sacado. ¿Por qué estamos aquí?”

– “Es que no se cómo convertirme en un águila”, le dije, un poco apenado por la impotencia, y bastante fastidiado con el desafío. “No me costó nada sentirme un elefante, pero con un águila, ¡no sé por dónde empezar!”.

“No me sorprende lo que te pasa. No te ha costado convertirte en un elefante, porque no hay ninguna diferencia entre la pesadez de un elefante, y lo densa y burda que es tu mente. ¿Cómo no te iría a resultar sencilla la tarea?”.

“Maestro, ¡me está ofendiendo!. Llevo años leyendo libros sobre espiritualidad, meditando, estudiando en cursos y seminarios, asistiendo a conferencias…tengo toda la información de punta sobre todos estos temas, y mucho camino recorrido, como para que ahora venga usted a decirme con tanto atrevimiento, que mi mente es densa y burda. ¡La vengo elevando desde hace mucho tiempo, señor! ¡No le está hablando a un principiante!”.

Esperaba ver en la expresión de mi maestro algún gesto compungido. Algún esbozo de retractación. Algún indicio de que se había arrepentido en expresar aquellas palabras ofensivas. Algo. Con algo, me iba a dar por satisfecho, y me pondría a pensar en cómo demonios asemejarme a un águila. Aunque siguiera sin tener la menor idea de cómo hacerlo.

Con “algo”, era suficiente.

– “Está bien. Tranquilízate. No fue mi intención ofenderte. Pero si quieres, te voy a explicar por qué te cuesta tanto hacer lo que te pido. ¿Quieres?”.

– “¡Me encantaría!”, le respondí, entusiasmado. El reconocimiento que esperaba, había llegado.

– “El águila, cuando vuela, no se está mirando al espejo para ver como le quedan sus plumas. Se olvida de sí misma, y observa todo el territorio que tiene frente a sus ojos. Y no se le escapa nada. Ni un detalle, porque permite que el viento la guíe. Para lograrlo, ¿qué hace? Se deja fluir. Es tan inteligente, que no le ofrece resistencia. Lo utiliza para impulsarse hacia lugares desconocidos. Sin controlar nada, lo ve todo. Y lo ve todo, porque percibe la energía tal como fluye en el Universo. Claro, ella es menos que tú. No hace falta que me lo aclares. Ya lo sé. Ella no ha leído un solo libro, tampoco ha participado de tus interesantísimos cursos y talleres. Y menos que menos, ha meditado ni una vez en toda su vida. No puede compararse la elevadísima conciencia que eres, producto de tanto estudio y dedicación a tu formación espiritual, con la pobre cultura del águila, que ni siquiera alguna vez, habrá leído un diario. Sin embargo, ella ve las cosas tal como son: pura energía. En cambio tú, las ves de acuerdo a los colores de los casilleros que te han enseñado en donde debes meterlas. Es decir, tu reduces la realidad infinita y multidimensional, al tamaño de hormiga de lo que tu mente de miniatura te da permiso para abarcar. El águila, en cambio, en su vuelo, expande su mente al Infinito. Y se abre a la experiencia de lo ilimitado, con total confianza, desapego, control y humildad, porque es consciente de que no es el centro del Universo, sino que se asume como una privilegiada exploradora de lo desconocido. Una viajera del espacio y del tiempo, abierta a la experiencia y despojada de todo preconcepto que mutile esa aventura fascinante que es viajar por el Infinito.

Por supuesto, ella no está tan preocupada como tú por hacer acopio de
información por aquí y por allí. Tampoco se cree más o menos evolucionada que nadie. Simplemente despliega sus alas, percibe, y sabe lo que tú, no. Por
ejemplo, sabe ver energía tal como fluye en el Universo. Y si nos viera a los
dos en este momento, sacaría muy rápidamente la conclusión que hasta ahora, tu no me has podido dar, porque en lugar de recordar que tienes alas, te empeñas en aferrarte a tu bello ombligo. Es tu decisión. Mientras tanto, el águila que nos observa, te soplaría al oído…

  “…tonto, estás aquí para recordar quién eres. No para darle alimento a tu ego. Estás aquí para aprender a ver la vida con los ojos de un águila. ¿Y tu crees que un águila necesita de tu cultura para navegar por el Infinito? ¿Tu crees que la realidad se reduce a lo que tu piensas que ella es? ¿Verdaderamente crees eso, pequeño sabiondo? ¿Qué ocurriría si yo te dijera que la realidad es mágica, y no responde a la lógica presuntuosa que te han inculcado? Que un fenómeno puede ser y contradecirse al mismo tiempo. ¿Te extrañaría que así exprese los múltiples enfoques desde los que debe ser observado para que tu mente no lo reduzca a cenizas?. ¿Qué pasaría si yo te asegurara que una consecuencia del futuro puede ocurrir antes que una causa del pasado?. ¿Se te movería algún pelo si te dijera que hay muchas realidades paralelas que están palpitando vida en las mismas coordenadas en donde tu estás parado en este momento?. ¿Nunca se te cruzó por la cabeza que todo el tiempo estás interactuando con los seres que las habitan, sin saberlo? ¡Por supuesto que te pueden afectar negativa o positivamente!. ¿Y cómo reaccionarías si te contara que hay una multitud de mundos poblados, por numerosas culturas, entre las que la especie humana es sólo una, entre muchas, como una gota de agua en el océano?. ¿Te estremecerías mínimamente si yo te asegurara que, en este mismo instante, todo el Cosmos está en guerra? Porque así se vive, y así se muere. ¿Te sorprendería saber que si lo quisieras, podrías viajar con solo pensarlo a cualquier lugar del Universo, para constatar todo esto y mucho más?

     Tu maestro te ha pedido que vieras la realidad como un águila. Con la descripción que te acabo de hacer, apenas hemos rasgado la superficie. Pero te alcanzará para arribar a la conclusión que te ha pedido. La razón por la que estás aquí, es para que te des cuenta que tu vida no tiene ningún sentido. Ninguno. Y no lo tendrá nunca, si continúas enredado en una monumental maraña de mandatos que te indican cómo pensar, qué decir, qué hacer, qué desear y cuáles decisiones tomar. Son los mismos que te apuntan con el dedo índice para señalarte quién eres. ¡Entiéndelo desde hoy y para siempre! Todos ellos te alejan cada vez más de tu verdadera esencia. Te hacen perder la memoria para que te olvides de donde provienes: la insondable realidad multidimensional.

Has venido aquí para que te ayudemos a sacarte de tu soporífera situación. Debería decir: calamitosa existencia. Porque si continúas como hasta ahora, seguirás pensando que sigues elevándote con tus libros, cursos, pensamientos positivos y todas las lámparas de sal que desparramas por todos los ambientes de tu casa. Puedes seguir haciéndolo si lo deseas. No hay ningún pecado en ello. Pero debes saber que no haces más que seguir arrastrándote por un laberinto chato e interminable, creyendo que has remontado vuelo hace tanto tiempo… y ahora estás tan elevado… que ya no puedes ver el suelo, paseándote entre las nubes, etéreo, más allá del bien y del mal.

Pero la realidad es otra.
Sabe que no estás atravesando más que un brioso río con
la pesadez de un elefante. Y tan desolado, como cuando llegas solo a una incierta selva durante el crepúsculo, y nadie tan siquiera te enseñó a encender un fuego con dos piedras, que encontraste perdidas por allí”.

Pablo Vaserman

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¿Qué es un cuento viviente?  Una historia que proviene de otra dimensión, hilvanada por una inteligencia espiritual,  que lee a su propio lector. ¿Cómo es esto posible? Porque en sus imágenes, metáforas, vibraciones, habitan seres invisibles. Y cuando una conciencia humana los despierta, se ponen en acción para grabar en su espíritu las enseñanzas que está preparada para asimilar. Pueden a su vez tener otras misiones. Pero el denominador común, es que siempre trabajarán en un sentido de progreso y evolución para quien haya dado un paso hacia ellos.

(*) Las aplicaciones de este cuento akáshico para los 5 períodos de la vida
(encarnación, gestación, niño hasta 12 años, joven hasta 18 años y adulto) las
encontrarás al término de su lectura, junto a las instrucciones para
realizarlas. Si necesitas despejar alguna duda, puedes enviar la consulta a
viajealosregistrosakashicos@gmail.com

    

 

EL KARMA DE LA HUMANIDAD

La historia que te voy a contar no transcurre en tu universo, sino en el mío.

RIDUUGECI  YAQUEDUCU  MAWIGEZA

Ese es mi nombre.

Provengo de un linaje de nobles y guerreros, milenario, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos.

Soy el príncipe de mi mundo, con misiones asignadas de una magnitud tan grande, que no te las puedo revelar. Y no es que no desee compartirlas contigo. El punto es que no estoy autorizado por mi jefe para hacerlo. ¿Quién es mi jefe? El maestro supremo de la orden de los inmortales.

Estoy seguro que en este momento estarás pensando:  “Ahh…como en ´Highlander´. Qué buena peli!. Un guión atrapante. El tipo no moría nunca.
Viajaba en el tiempo, tenía un romance en cada época, manejaba la espada como nadie…Qué buena peli. El personaje de este cuento debe haberse sacado de ahí
”.

No.

La diferencia que hay entre el personaje de la peli y yo, es que Christopher Lambert es un actor, que fuera del rodaje era tan mortal como cualquier otro; mientras que yo, soy el protagonista de este relato, existo, tengo nombre,  RIDUUGECI YAQUEDUCU MAWIGEZA, y soy inmortal de verdad.

Esta característica me convierte en un ser especial, desde ya, pero ni remotamente soy el único. Sin ir más lejos, en tu mundo hay varios
inmortales. No te hace falta ir al cine para encontrarte con uno de ellos. Claro
que si pretendes identificarlos por su aspecto físico, vas a estar listo. Porque el cuerpo de un inmortal en nada se diferencia del tuyo, y también está
sometido a las mismas leyes materiales que tú. Es decir, atravesará el mismo
ciclo de nacimiento, desarrollo, crecimiento, declinación y muerte, de la misma
manera que tú.

Ahora seguro que te estarás preguntando, “¿y si se va a morir, por qué dice que es inmortal?”.

Y yo te responderé: lo que hace inmortal a un ser, no es la perdurabilidad en el tiempo de su cuerpo físico, sino la conservación de su conciencia, con su identidad intacta, y con todos los conocimientos acumulados de encarnación en encarnación, a su disposición, por la eternidad.

De acuerdo a la definición que te estoy dando, debo recalcar una vez más, que yo soy un inmortal. Príncipe y regente de mi mundo. A disposición del jefe supremo de la orden cósmica de los inmortales.

 Quiero disculparme de antemano si te molesto o te aburro con mi presencia aquí, pero decidí aparecer en tu vida, porque desde nuestro mundo
consideramos que es importante para tu educación, que conozcas algunas nociones sobre el Karma, que son de carácter universal.

Por eso estoy aquí. Para relatarte un pasaje de la conversación, en que mi maestro y mentor, decidió que yo estaba maduro para revelarme algunos misterios vinculados al Karma.

¿Sabes que ocurre? Luego de habérmelo explicado, yo sentí que ya nada era igual que antes. Tenía otra responsabilidad. Porque con esa información, yo no podía seguir manejándome con los demás igual que lo hice siempre. O más bien: sí podía hacerlo, pero sólo si pretendía convertirme en un ignorante.

–  ¿ Cómo puede ser que a esta altura del partido tengan el atrevimiento de burlarse de mí? De buscar perturbarme. Ofenderme. De inducir a que otros caigan en el mismo error, y también lo hagan. No puedo entenderlo. ¿Acaso no deberían respetarme como se lo merece cualquiera? Y sin embargo, no soy cualquiera. Me devuelven agresión por mi amistad. Y soy un príncipe de la orden de los inmortales. Regente de mi mundo. No puedo entenderlo, maestro supremo.

 El jefe de los inmortales aguardó a que su discípulo aquietara su espíritu, y luego de la pausa, le dijo:

–  Sin embargo, la explicación existe. Y es muy simple. Creen que por mandato superior deben hacer lo que hacen contigo, y sin embargo se equivocan. Nadie está excento de equivocarse. Y al mismo tiempo, nadie está obligado a emprender acciones que vayan en contra de los preceptos divinos: amarás a tu prójimo como a ti mismo.

–  ¿Y si no lo hacen que pasa? Digo: ¿qué pasa si alguien te humilla y con una sonrisa socarrona te dice: ´lo hago por tu bien´? ¿O se burla en tu cara, como si no te dieras cuenta, pero después te dice ´yo soy tu amiga´ O perturba tu trabajo diseminando información falsa, y simultáneamente lo siente, y te dice que te ama?

–  Simple. Acumulan karma. Nada justifica el hecho de hacerle un daño físico, psicológico, mental o energético a otra persona. El mundo espiritual no lo consiente. Por el contrario, lo castiga.

– ¿Pero yo no veo ninguna consecuencia a la vista? Solo que reiteran la acción cuando se les ocurre.

– No ves la consecuencia y sin embargo, existe. Porque no necesariamente es inmediata. Puede aparecer en los próximos años, o incluso, en las próximas encarnaciones. Pero de lo que no tienes que tener ninguna duda, es que ningún ser viviente, de la jerarquía que fuere, escapa a la ley del Karma.

– ¿Pero por qué lo hacen?

–  Porque la maldad existe como la fuerza contraria que se opone al bien. La realidad, es dual. Y todos los seres, todo el tiempo, están sometidos permanentemente a la necesidad de elegir qué camino deciden tomar: el camino del bien, o el camino del mal. Pero esta no es una decisión que se toma de una vez y para siempre. Todo el tiempo se presentan situaciones en la vida de alguien, que lo obligan a tomar una decisión. Y aquí, en esta nueva instancia, confirma el rumbo que había elegido, o por el contrario, emprende su tránsito hacia el otro lado.

– ¿Quiere decir que el bien o el mal, son una elección?

– Absolutamente.

– ¿Y dónde están? ¿Afuera o adentro?

– Afuera y adentro.

– ¿Los dos conviven en cada uno de nosotros?.

–  Por supuesto.

– ¿Y de qué depende que prevalezca uno o el otro?

– De las elecciones que tomes. Imagínalo como una balanza.Si frente a una situación, en tu elección predominan valores del campo del bien, tu platillo del bien va a subir, y el del mal va a bajar.

–  ¿Quiere decir que el bien y el mal son una cuestión de proporciones?

–  Claro!. Una persona puede tener 80% de bien y 20% de mal. O a la inversa. 70% de mal, y 30% de bien.

–  ¿Y esa proporción es fija?

–  Nunca. Todo el tiempo cambia. De acuerdo a las elecciones que tome cada quien.

–  Pero entonces, hagamos lo que hagamos, ¡es lo mismo!

–  ¿Por qué piensas eso?

–  Porque si hago algo dentro del bien, sube el platillo del bien. Si le hago algún daño a alguien, sube el platillo del mal. Todo se reduce a un sube y baja.

–  No. El sube y baja es dinámico. Y nunca se detiene. Es cierto. Pero la clave está, en que de cada acción que realizas, siempre quedan marcas.

– ¿Dónde?

– En el cuerpo del Karma.

– ¿Qué es eso?

–  Uno de los 17 cuerpos sutiles que tiene todo ser vivo.

–  ¿Y cómo es esa marca?

–  Depende. Si la acción fue buena, la marca será positiva. Si la acción fue mala, negativa.

–  Quiere decir que el karma no es sinónimo de algo negativo…

–  Por supuesto que no.

–  ¿Y si lo fuera?

–  Si lo fuera, su portador tendrá que vivir situaciones en su vida presente o en futuras encarnaciones, donde experimente las mismas maldades que ayudó a provocar, pero potenciadas. Entonces el mundo espiritual le construirá un escenario propicio para que pueda aprender esa lección.

–  ¿Y eso ocurre siempre?

–  Es una ley inexorable. Y la lección se puede presentar en la misma vida, o en futuras encarnaciones.

–  ¿Y dónde está escrito cuándo ocurrirá?

–  Precisamente, en el cuerpo del Karma. Allí es donde el mundo espiritual, graba a fuego el programa completo de las situaciones que cada alma debe vivir para que aprenda lo que aún tiene pendiente y necesita, para evolucionar y continuar con su ascenso.

Aunque no siempre esto ocurra.

 –  ¿Cómo ´aunque no siempre esto ocurra´?. Yo pensaba que el camino era uno solo: ¡la evolución!

–  De ninguna manera. Es de doble vía. Avanzamos o retrocedemos. Recuerda este principio: todo el tiempo, ambas fuerzas están en pugna. Y cada una lucha para que su equipo gane. El triunfo de una, está en las antípodas del fracaso de la otra.

–  Maestro, ¿me puedes explicar cómo gana una, y cómo gana la otra?

–  El bien triunfa cuando no cede a la tentación del mal. Cuando se mantiene en armonía y actuando desde el corazón. Cuando no responde con las mismas armas del agresor, sino que se mantiene fiel a sus principios y valores. Si logra esto, vencerá en esa batalla y cumplirá con su misión: ofrecerle al mal, redención.

–  ¿Y el mal, cómo gana?

–  Cuando logra inculcar en el espíritu de su oponente, acciones o pensamientos asociados al odio, al rencor, la soberbia, la violencia, el egoísmo, la injusticia. Y ahí cumple con su misión: poner a prueba al agente del bien, y desestabilizarlo.

– ¿Quiere decir que el combate no es sólo externo?.

–  Exactamente. Es también interno. Y en cada elección que hagan, en cada segundo de sus vidas, se estarán aproximando hacia uno o hacia el otro. De ahí que sea tan importante que se observen y se corrijan, si aspiran a ascender por la espiral hacia lo Divino.

–  ¿Y el libre albedrío? ¿Cómo juega en este drama?

–  Tiene un papel central. En rigor, todo el tiempo nos hemos estado refiriendo a él, sin mencionarlo.

El “libre albedrío” tiene 77 aspectos. Uno de ellos es: ´frente a una situación X, ¿decides tomar el camino del bien, o el camino del mal?´.

Nadie tiene derecho a violar el libre albedrío de otra persona. Si lo hace, ahí es donde entra en juego el karma. Claro que otro de los 77 aspectos del “libre albedrío” dice así: ´la persona, ¿permite que la sometan?´.

–  Y el Karma, ¿es sólo individual?

–  Por supuesto que no. Hay karma familiar y también existen el karma de un país, de un continente, de una congregación. Hasta existe el karma de una civilización entera.

– ¿Una civilización tiene karma?

– Por supuesto!. Si una persona tiene karma, ¿cómo no lo va a tener la sumatoria de sus individualidades? Y entre nosotros, te digo que algunas han armado cada paquetito….

–  ¿Y se puede hacer algo para solucionarlo?

–  Como poder….se puede todo…

–  ¿Y entonces?

–  La pregunta es si querrán….              

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APLICACIONES

  1. Encarnación:  para que la madre eleve al mundo espiritual la solicitud de albergar durante su embarazo a un alma de muy alto nivel y vibración. Un niño de las estrellas.

2. Bebé en gestación:  Le dará recursos para que durante su vida triunfe el camino que lo llevará por el sendero del bien. Recibirá atributos para convertirse en un líder que guiará a los demás por la misma senda.

3.   Niño hasta 12 años: Lo va a ayudar a encontrar el camino correcto de lo que el plano Divino espera de él. Le dará la intuición de cuáles son las acciones correctas que deberá tomar, para entrar en una línea de tiempo fértil para el cumplimiento de su misión espiritual.

4.    Joven de 13 a 18 años:  Le dará estímulos y apoyo para que conduzca su vida en orden a alinear su vocación, con su profesión y su misión.

5.    Adulto: Tu cuerpo (sutil) del karma, acelerará diez veces lo que tienes que aprender en esta vida. Harás un ahorro del tiempo previsto en que debías realizar esos aprendizajes durante esta encarnación, multiplicado por diez.

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PROCEDIMIENTOS

 1. Encarnación de un niño de las estrellas. Probabilidad de éxito: 80%

  • Lee el cuento mientras suena el “Bolero de Ravel” de fondo (ideal) o música clásica. Al mismo tiempo, realizas el siguiente mudra:
  • Yema del mayor derecho sobre el ombligo.
  • Pulgares en contacto por las yemas.
  • Meñiques en oposición por las yemas.
  • El resto de los dedos, libres, relajados y sin tocarse.
  • Postura del cuerpo: sentada o acostada.

Nota: en el caso de que elijas hacerlo acostada, puedes grabar la narración de este cuento con tu propia voz, y luego recitarlo a medida que vas escuchando el audio con auriculares.

Periodicidad:   30 noches consecutivas antes de dormir.
Nota: El ciclo lo practica la madre con anterioridad a la búsqueda del bebé. 

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    2. Bebé en gestación.

  • Si está la pareja unida, lo hace el papá sobre la mamá. Y el cuento lo narra el papá.
  • Si la mujer es madre sola, lo hace ella misma. El efecto será similar.

Mudra:

  • La yema del meñique derecho descansa sobre el ombligo de la madre.
  • Pulgar izquierdo con mayor derecho en contacto por las yemas.
  • Yema del meñique izquierdo sobre la pelvis de la madre.

Periodicidad:  3 series de 5 noches consecutivas, con un día libre entre cada una.

Ejemplo:

♦ 5 noches con lectura y mudra.

♦ 1 día libre.

♦ 5  noches con lectura y mudra.

♦ 1 día libre.

♦ 5 noches con lectura y mudra.

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      3.  Niño hasta 12 años.

El padre o la madre leen el cuento mientras el mismo narrador realiza el siguiente mudra:

  • Pulgar derecho del padre o la madre, sobre el entrecejo propio.
  • Meñique derecho sobre el entrecejo del niño.
  • Pulgar izquierdo y mayor derecho en contacto por las yemas.
  • Yema del meñique izquierdo en el centro de la palma derecha.

Periodicidad:  3 días consecutivos. Sólo en horario DIURNO.

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            4.   Joven de 13 a 18 años.

El padre o la madre leen el cuento mientras el mismo narrador realiza el siguiente mudra:

  • Yema del meñique derecho sobre el párpado del ojo derecho del beneficiario.
  • Yema del mayor derecho sobre la punta de la nariz del beneficiario.
  • Yema del pulgar derecho sobre la hendidura ubicada entre la nariz y el labio superior del beneficiario.

Periodicidad:  5 noches consecutivas antes de dormir.

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    5.  Adulto

        Lees el cuento mientras realizas el siguiente mudra, acostado/a.

  • Pulgar derecho sobre el ombligo.
  • Mayor derecho sobre la pelvis.
  • Ojo izquierdo cerrado.
  • Pierna izquierda flexionada, con la planta del pie apoyando sobre el colchón.

Periodicidad:  30 noches consecutivas.

Nota: Para tu comodidad, puedes grabar la narración de este cuento con tu propia voz, y luego recitarlo a medida que vas escuchando el audio con auriculares.

(**)  Para interiorizarte acerca de cómo trabajan el mudra y el mantra, visita el informe La Meditación Akáshica une el hombre al Cosmos.

Pablo Vaserman

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Cuando tenía 12 años, conocí Misiones. Fue durante el viaje de egresados. Extrañamente y a diferencia de la costumbre clásica aquí en Argentina, en mi curso no se eligió a Bariloche ni Córdoba como destino para celebrar el rito de paso de la escuela primaria a la secundaria. Por el contrario, se optó por las Cataratas del Iguazú, en la provincia de Misiones, al norte del país.

Yo tenía un grupo de compañeros maravilloso, pero ese día, no me preguntes por qué, sentí la necesidad de tomar un rumbo propio, y no ir con ellos a la Garganta del Diablo como estaba planificado. Por si nunca oíste hablar de la Garganta del Diablo, es el salto de agua más famoso de las Cataratas del Iguazú.

Ya sea porque era algo trillado, por turística, armada con papel de regalo y moño. O porque todos hacían lo mismo mecánicamente sin preguntarse la razón que los llevaba allí. O por lo menos, sin preguntarse qué era aquello que el lugar verdaderamente les inspiraba hacer. En fin, el motivo no me lo preguntes porque no lo conozco. Sí sabía positivamente que deseaba hacer mi camino personal, sin seguir los pasos de nadie.

La realidad era que yo ya estaba pisando el suelo de las Cataratas. Mis amigos avanzaban alegremente delante de mí. Y recuerdo que fui deteniendo mi marcha, hasta que luego de unos minutos, ví a mis amigos como puntitos en el horizonte, que un segundo después, al doblar en una curva, ya no estaban más.

Yo buscaba aventura. Magia. No sé. Algo distinto. Y la verdad es que el entorno natural de las Cataratas era un espectáculo único. ¿Cómo describírtelo? Senderos en la montaña tapizados de verde que iban de acá para allá, con curvas y contracurvas que te conducían a lugares bellísimos e inesperados. Parecía como si la naturaleza se hubiera complotado en construirlo para que desearas perderte en ellos. Con tantos árboles, plantas y agua por todos lados, que había que ser muy necio para desaprovechar semejante convite a internarse en ese laberinto de pura vida. 

En el fondo, yo quería que me sorprendiera. Que la selva me sacara de su chistera un conejo. Un conejo mágico, con galera y bastón, que me guiara por los secretos más fantásticos de su mundo.

Te la hago corta.

Yo estaba ensimismado en mis pensamientos, pero nunca había dejado de caminar.

Hasta que en un momento, tengo frente a mí una cascada, muy bella, pero extrañísima. Porque el agua era de un tono azulado, te diría que muy parecido al cuarzo azul.

Para mi mayor sorpresa, detrás de esa caída de agua, había una silueta que se movía.

Entonces, con mucho cuidado –porque el musgo de las piedras era muy resbaladizo- me fui acercando sigilosamente….hasta advertir que esa
silueta era la de una señora mayor para mis 12 años, pero joven y vital en
cuerpo y espíritu.

Te voy a confesar que fue algo extraño el encuentro, porque ella no se sorprendió en lo más mínimo de mi presencia. Te diría que al contrario: la sensación que tenía era como si me hubiese estado esperando.

La cuestión es que me empezó a hablar de cosas que yo no entendía nada. Era como si me hablara en chino mandarín.

Sin embargo, escucharla me fascinaba.

Otra cosa rara que la caracterizaba era que entre charla y charla, también hacía movimientos de lo más extraños. ¿Cuándo? De repente, cortaba la conversación en seco, y se ponía a dar cinco giros completos y consecutivos sobre su silla repleta de símbolos, como si de golpe se hubiese transformado en un trompo humano.

Yo me quedaba atónito, y no sabía si salir corriendo al grito de “esta mujer está del tomate!”, o hacer la vista gorda y quedarme a su lado para seguir disfrutando de sus fantásticas historias, que tanto me maravillaban.

Pero cuando luego de vacilar, finalmente decidía quedarme, una vez más ella abría su caja de sorpresas, y nuevamente, me dejaba con los dos ojos abiertos como un sapo.

Entonces cortaba la conversación de cuajo, se tiraba al suelo y se ponía a hacer abdominales frente a mí.

–   “¿Qué estás haciendo?”,  le pregunté

–   “No, es que ayer descargué del auto un cajón entero lleno de frutas y verduras, y me duele la cintura”, se justificaba.

Y luego, continuaba con sus historias como si nada.

Hasta que en un momento, ya bien entrada la noche atiborrada de estrellas, me dijo:

“Te voy a hacer un regalo. Te voy a enseñar una meditación para que siempre tengas paz, amor, sabiduría y felicidad”.

Yo pensé:  “otra vez esta señora con sus rarezas. Conseguir paz, amor, sabiduría y felicidad con una meditación. A ver ahora con qué me va a salir”.

La cuestión es que me explicó paso por paso como hacerla, y luego me la anotó en una caña de bambú para que no me la olvidara.

“Tomá”, me dijo. “Guardala para el futuro. Porque ahora te voy a enseñar a luchar. Así que más te vale que agarres la caña bien fuerte”.

¿A luchar? ¿A luchar contra quien? ¿Y con una caña de bambú? “Esta mujer está definitivamente mal del bocho”, pensé impacientándome.

Además, si bien era un poco rara en su comportamiento, la expresión de su rostro era bondadoso, tierno; el tono de su voz, angelical. La verdad era que esa mujer no podía matar ni una mosca.

Y encima ¿enseñarme a luchar?

Era una señora mayor. Yo en cambio en esa época jugaba al básquet, hacía fierros, tenía un estado atlético soberbio. La mujer de la cascada, en cambio, era una vieja bondadosa y extravagante. ¿Iba a tomarla en serio?

No me preguntes como lo hizo. Ni de dónde lo sacó.

Pero el puñetazo de técnica depuradísima que me encajó en el centro exacto de mi abdomen, con la potencia de un martillo neumático, primero hizo que me doblara como un compás. Después, ví estrellas de todos los colores.
Y finalmente, me derrumbé al suelo.

Antes de desvanecerme, recuerdo que la escuché decirme:

–  “Mirá como te la puso, la viejita bondadosa”.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, ella ya no estaba.

Del enojo que me quedó, tiré al río la caña donde me había
anotado las instrucciones para hacer la meditación de la paz, el amor, la sabiduría y la felicidad.

Más tarde quise recordarla.

Lo intenté una y mil veces.

Nunca pude.

Nunca más la volví a ver.

Y muchas veces me pregunto, qué será de la mujer de la cascada azul: la sacerdotiza más despiadada que jamás he conocido.

Pablo Vaserman

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