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Posts Tagged ‘El camino del Guerrero’

Detuvimos el paso. Habíamos atravesado a pie, un río profundo y caudaloso. La corriente era temeraria. Mi maestro me dió una indicación de lo más extraña. “Imagínate que eres un elefante parado sobre tus cuatro macisas patas. Un paquidermo tan pesado, que nada podría hacerte perder el equilibrio”, me dijo con autoridad. ¿Es que se ha vuelto loco? El río estaba a punto de tragarnos ¿y él me venía con dibujos animados? “Acalla tu mente y hazlo ya mismo porque tu vida está en juego”, agregó. Me lanzó una mirada fulminante. Lo último que me dijo fue que repitiera sin descanso y en voz casi audible una palabra absurda de ocho letras. Y ya no volvió a hablar.

Lo obedecí, y nadie me lo contó. Lo ví yo mismo. Para mi mayor asombro, el río se bifurcaba a través de mí. Era como si yo me hubiese convertido en un filoso y delgado cuchillo, cuya hoja de acero cortaba el agua brava en dos mansos afluentes.

Llegamos a la ribera. El trayecto lo había hecho con tanta naturalidad y con tan poco esfuerzo, que perdí la noción de la gigantesca correntada que se llevaba puesto todo con ella. Pero mi maestro y yo estábamos intactos. Sin una gota de humedad. Como si nunca hubiésemos estado en peligro. ¿Podía no estar sorprendido? ¿Cómo era posible? Las piedras volaban, los árboles crujían como ramas secas, eran arrancados por el viento como pasto seco. Flotaban inermes en un río que los vapuleaba sin respeto. Algunos se hundían. Otros se perdían en la trampa mortal de una marea furiosa que el río perpetraba sin compasión. ¿Y nosotros sin un rasguño? Pero no quise hablar. Aún seguíamos adentro. Seguí caminando, detrás de mi maestro. El andaba en silencio, y después de los relámpagos que sus ojos me habían clavado en los míos, pensé que romperlo podía ser más riesgoso que el tsunami que estábamos atravesando juntos.
Un hombre de conocimiento, y un elefante.

Aún al día de hoy ignoro qué fue lo que paso, ni como lo hicimos. Pero lo logramos. ¿Estábamos pisando tierra firme? ¿Era posible?

Detuvimos el paso. La densidad de la selva que se avecinaba era tan tupida, que a todas luces parecía impenetrable.

– “Ahora quiero que te conviertas en un águila”, me indicó con sequedad. “Nunca tienes que dejar que el árbol tape al bosque. Quiero que lo
observes con la visión del águila. Y luego, me cuentes tus conclusiones”.

– “¿Conclusiones?”, le repetí desconcertado.

– “Sí. La razón por la cual estamos aquí”, me dijo con énfasis.

– “Pensé que sólo nos habíamos aventurado en la selva para agudizar los sentidos”, me justifiqué. “Al menos, era lo que usted me había explicado cuando partimos: ´Para estirar un poco las piernas. La ciudad adormece. La naturaleza, en cambio, nos despierta´. Y cosas así.

“Y no te mentí. Todo eso es cierto. Pero son solo partes de la razón global que explica por qué vinimos aquí. El problema es que si continúas analizando la información que crees tener, en lugar de escudriñar este misterio como lo haría un águila, no vas a llegar a ningún lado más que a tu ombligo. Y ahí vas a estar peor que en la ciudad. Te lo aseguro. Yo que tú, empezaría cuanto antes. No nos quedan muchas horas de sol”. 
Sus ojos brillaban.

– “¡Pero es que no tengo la menor idea de cómo hacerlo! ¡No sé cómo vería esta situación un águila!”, protesté.

– “Estás enfocando mal el problema. No te estoy pidiendo que veas esta situación como la vería un águila. Lo que te estoy implorando que hagas, es algo mucho mejor que eso: que te conviertas en un águila, y veas como un águila. Recién atravesaste el río como lo haría un elefante, ¿no es así?”

– “Sí, es cierto. El sentido del equilibrio, la dirección hacia una meta sin titubeos, el aplomo, la perseverancia, el dominio de la situación….ninguna de esas aptitudes eran mías”, le confesé.

– “Por supuesto que no. Porque no hacías como si hubieras sido un elefante que atravesaba un río. Eras un elefante, y actuabas como tal. Lo mismo te pido que hagas ahora. Conviértete en un águila, observa nuestra realidad y dime las conclusiones que hayas sacado. ¿Por qué estamos aquí?”

– “Es que no se cómo convertirme en un águila”, le dije, un poco apenado por la impotencia, y bastante fastidiado con el desafío. “No me costó nada sentirme un elefante, pero con un águila, ¡no sé por dónde empezar!”.

“No me sorprende lo que te pasa. No te ha costado convertirte en un elefante, porque no hay ninguna diferencia entre la pesadez de un elefante, y lo densa y burda que es tu mente. ¿Cómo no te iría a resultar sencilla la tarea?”.

“Maestro, ¡me está ofendiendo!. Llevo años leyendo libros sobre espiritualidad, meditando, estudiando en cursos y seminarios, asistiendo a conferencias…tengo toda la información de punta sobre todos estos temas, y mucho camino recorrido, como para que ahora venga usted a decirme con tanto atrevimiento, que mi mente es densa y burda. ¡La vengo elevando desde hace mucho tiempo, señor! ¡No le está hablando a un principiante!”.

Esperaba ver en la expresión de mi maestro algún gesto compungido. Algún esbozo de retractación. Algún indicio de que se había arrepentido en expresar aquellas palabras ofensivas. Algo. Con algo, me iba a dar por satisfecho, y me pondría a pensar en cómo demonios asemejarme a un águila. Aunque siguiera sin tener la menor idea de cómo hacerlo.

Con “algo”, era suficiente.

– “Está bien. Tranquilízate. No fue mi intención ofenderte. Pero si quieres, te voy a explicar por qué te cuesta tanto hacer lo que te pido. ¿Quieres?”.

– “¡Me encantaría!”, le respondí, entusiasmado. El reconocimiento que esperaba, había llegado.

– “El águila, cuando vuela, no se está mirando al espejo para ver como le quedan sus plumas. Se olvida de sí misma, y observa todo el territorio que tiene frente a sus ojos. Y no se le escapa nada. Ni un detalle, porque permite que el viento la guíe. Para lograrlo, ¿qué hace? Se deja fluir. Es tan inteligente, que no le ofrece resistencia. Lo utiliza para impulsarse hacia lugares desconocidos. Sin controlar nada, lo ve todo. Y lo ve todo, porque percibe la energía tal como fluye en el Universo. Claro, ella es menos que tú. No hace falta que me lo aclares. Ya lo sé. Ella no ha leído un solo libro, tampoco ha participado de tus interesantísimos cursos y talleres. Y menos que menos, ha meditado ni una vez en toda su vida. No puede compararse la elevadísima conciencia que eres, producto de tanto estudio y dedicación a tu formación espiritual, con la pobre cultura del águila, que ni siquiera alguna vez, habrá leído un diario. Sin embargo, ella ve las cosas tal como son: pura energía. En cambio tú, las ves de acuerdo a los colores de los casilleros que te han enseñado en donde debes meterlas. Es decir, tu reduces la realidad infinita y multidimensional, al tamaño de hormiga de lo que tu mente de miniatura te da permiso para abarcar. El águila, en cambio, en su vuelo, expande su mente al Infinito. Y se abre a la experiencia de lo ilimitado, con total confianza, desapego, control y humildad, porque es consciente de que no es el centro del Universo, sino que se asume como una privilegiada exploradora de lo desconocido. Una viajera del espacio y del tiempo, abierta a la experiencia y despojada de todo preconcepto que mutile esa aventura fascinante que es viajar por el Infinito.

Por supuesto, ella no está tan preocupada como tú por hacer acopio de
información por aquí y por allí. Tampoco se cree más o menos evolucionada que nadie. Simplemente despliega sus alas, percibe, y sabe lo que tú, no. Por
ejemplo, sabe ver energía tal como fluye en el Universo. Y si nos viera a los
dos en este momento, sacaría muy rápidamente la conclusión que hasta ahora, tu no me has podido dar, porque en lugar de recordar que tienes alas, te empeñas en aferrarte a tu bello ombligo. Es tu decisión. Mientras tanto, el águila que nos observa, te soplaría al oído…

  “…tonto, estás aquí para recordar quién eres. No para darle alimento a tu ego. Estás aquí para aprender a ver la vida con los ojos de un águila. ¿Y tu crees que un águila necesita de tu cultura para navegar por el Infinito? ¿Tu crees que la realidad se reduce a lo que tu piensas que ella es? ¿Verdaderamente crees eso, pequeño sabiondo? ¿Qué ocurriría si yo te dijera que la realidad es mágica, y no responde a la lógica presuntuosa que te han inculcado? Que un fenómeno puede ser y contradecirse al mismo tiempo. ¿Te extrañaría que así exprese los múltiples enfoques desde los que debe ser observado para que tu mente no lo reduzca a cenizas?. ¿Qué pasaría si yo te asegurara que una consecuencia del futuro puede ocurrir antes que una causa del pasado?. ¿Se te movería algún pelo si te dijera que hay muchas realidades paralelas que están palpitando vida en las mismas coordenadas en donde tu estás parado en este momento?. ¿Nunca se te cruzó por la cabeza que todo el tiempo estás interactuando con los seres que las habitan, sin saberlo? ¡Por supuesto que te pueden afectar negativa o positivamente!. ¿Y cómo reaccionarías si te contara que hay una multitud de mundos poblados, por numerosas culturas, entre las que la especie humana es sólo una, entre muchas, como una gota de agua en el océano?. ¿Te estremecerías mínimamente si yo te asegurara que, en este mismo instante, todo el Cosmos está en guerra? Porque así se vive, y así se muere. ¿Te sorprendería saber que si lo quisieras, podrías viajar con solo pensarlo a cualquier lugar del Universo, para constatar todo esto y mucho más?

     Tu maestro te ha pedido que vieras la realidad como un águila. Con la descripción que te acabo de hacer, apenas hemos rasgado la superficie. Pero te alcanzará para arribar a la conclusión que te ha pedido. La razón por la que estás aquí, es para que te des cuenta que tu vida no tiene ningún sentido. Ninguno. Y no lo tendrá nunca, si continúas enredado en una monumental maraña de mandatos que te indican cómo pensar, qué decir, qué hacer, qué desear y cuáles decisiones tomar. Son los mismos que te apuntan con el dedo índice para señalarte quién eres. ¡Entiéndelo desde hoy y para siempre! Todos ellos te alejan cada vez más de tu verdadera esencia. Te hacen perder la memoria para que te olvides de donde provienes: la insondable realidad multidimensional.

Has venido aquí para que te ayudemos a sacarte de tu soporífera situación. Debería decir: calamitosa existencia. Porque si continúas como hasta ahora, seguirás pensando que sigues elevándote con tus libros, cursos, pensamientos positivos y todas las lámparas de sal que desparramas por todos los ambientes de tu casa. Puedes seguir haciéndolo si lo deseas. No hay ningún pecado en ello. Pero debes saber que no haces más que seguir arrastrándote por un laberinto chato e interminable, creyendo que has remontado vuelo hace tanto tiempo… y ahora estás tan elevado… que ya no puedes ver el suelo, paseándote entre las nubes, etéreo, más allá del bien y del mal.

Pero la realidad es otra.
Sabe que no estás atravesando más que un brioso río con
la pesadez de un elefante. Y tan desolado, como cuando llegas solo a una incierta selva durante el crepúsculo, y nadie tan siquiera te enseñó a encender un fuego con dos piedras, que encontraste perdidas por allí”.

Pablo Vaserman

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