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Posts Tagged ‘La cárcel de los jueces’

Cenábamos. Mi mujer y yo discutíamos por alguien que según ella, era culpable de un delito imperdonable. Un criminal. Esas eran sus palabras. Categóricas. Irreductibles.

Yo en cambio pensaba que se había equivocado feo. Había cometido un error más grande que una casa. ¿Por qué había sido tan torpe? Eran tantas las opciones alternativas a la decisión que finalmente tomó. Tantas. ¿Por qué no lo pensó dos veces antes de haber actuado? Ni yo ni ella lo podíamos entender. Gabriela estaba furiosa. Yo, con una impotencia tan electrizante que me paralizaba. Los dos, muy molestos. Escandalizados. Si lo hubiésemos tenido frente a nosotros en ese momento le habríamos cantado las mil y una. Definitivamente no podíamos comprenderlo. ¿Pero cómo pudo hacer semejante barbaridad? El, tan inteligente, tan buena gente.

Hasta ese momento.

Para nosotros era un punto de inflexión en la historia de la amistad que habíamos tenido con Gregorio. Un antes y un después. Ya nada iba a ser igual. Si pretendíamos plantar bandera y clavar el mastil de nuestros principios, ya no nos podíamos permitir seguir frecuentándolo. “A partir de ahora, verlo es sinónimo de oprobio”, pensábamos. De ensuciarnos. Conversar con él contaminaría nuestra alma con una presencia que se había vuelto indeseable. Nosotros no éramos inmaculados. Desde ya. ¿Quién puede serlo? Teníamos nuestros defectos. Como seres humanos, como pareja, como ciudadanos. Pero él había transgredido un límite que para nosotros era impensable pasar. Una sola pregunta cabía: lugar para que se disculpara, ¿había? Imposible. No sabíamos cuál sensación era más fuerte: si el enojo hacia él, o la desilusión. Quizás ambas. ¿Pero por qué no nos consultó antes? ¿Habría servido de algo? No lo sabemos. Pero al menos le habríamos dado nuestra opinión.

Con vehemencia. Por supuesto. Nada de concesiones o medios tonos.

Gregorio, ¿pero vos estás loco? ¡Dejate de joder! ¿¡Pero de donde sacaste esa idea!? ¡Largá el alcohol, hermano! ¿¡Cómo se te puede ocurrir algo así!? Te desconocemos, Gregorio. ¿Sos el mismo que conocimos hace 20 años? ¡¿Pero a dónde vinimos a parar, varón?! Sacátelo ya de la cabeza. Y por favor, no volvamos a hablar más del tema. Tabula rasa. Borrátelo del disco rígido de tu cerebro. Apretá el delete y desenchufate por 24 horas, querido. Nos parece que estás recalentando.

Así. Con virulencia y acidez. No era para menos. Pero no tuvimos esa chance. Lo hizo sin avisar. Sorpresivamente. Silenciosamente. Nos durmió a todos, Gregorio. ¡Pero fijate vos! ¡Cómo nos durmió!

                                                                                 ♥

Me apoderaba una tristeza infinita. No sabía como encontrar alivio. Dónde, un poco de paz. Algo de serenidad para mi alma. Estaba atormentado por miles de problemas, perdido en un laberinto colmado de malezas.

 Cuánto más buscaba la salida, menos la encontraba. Y más desesperado me ponía. Quería escaparme de mi mismo. Tenía que inventar algo para lograrlo. Salir de mi cuerpo. Irme de vacaciones y liberarme por unos días de quien yo era, y de mis tortuosas cavilaciones. Dormir el sueño de los justos y ya no volver a abrir los ojos al día siguiente. Cualquiera cosa iba a ser mejor que vivir la vida con esas víboras en mi cabeza que me masticaban el cerebro e inundaban mis venas de veneno. Cualquier cosa sería mejor que esa vida, que no era vida.

 Así estuve por semanas. Hasta que el plan llegó.

 Vendí todo lo que tenía. Me compré un rifle de aire comprimido y un cuchillo. Seleccioné algo de ropa, sólo la indispensable, y armé un bolso pequeño. No quería llevar mucha carga. El viaje sería largo. Cuánto más liviano estuviera, tanto mejor.

 Un vuelo directo me dejó en el Amazonas. Me interné en la selva con mucha dificultad. No era fácil para mí porque no tenía experiencia en esas lides. Sin embargo, mi determinación era más fuerte que mis debilidades.

 Ya estaba fuera de la civilización. Me afeité la barba, y con ese acto, decidí que simbólicamente acababa de borrar mi pasado. Y que con él, me despojaba de todas mis mochilas. Ya no era más Gregorio. Empezaría de nuevo, como si recién hubiese nacido. Elegiría un nombre nuevo, una personalidad nueva, me crearía creencias nuevas. Estaba decidido a fabricarme una nueva vida. Ya no quería sufrir más. Y para eso, comenzaría a hacer lo que siempre me había dictado mi corazón, pero nunca me había animado a poner en práctica. Sabía que la montaña de críticas de mis parientes, amigos, pareja, iban a boicotear cualquier mínimo hálito de intentarlo. En consecuencia, volvía a ser un buen chico, integrado, adaptado, normal, haciendo la  vida corriente de todos. Como la que se espera de alguien sano, equilibrado, maduro, responsable. Si ese era el precio que había que pagar para no ser rechazado, pues entonces lo pagaría. Después de todo, el corazón habla bajito. Casi en susurros. Con algo de ruido que lo tapara, con algo de movimiento que lo eclipsara, ya estaba resuelto el problema. Era tan delicada su presencia, tan sutil, que con cualquier acción bien marcada, lo haría retroceder. Y con él calladito, amordazado, ninguneado, ¿quién podría acusarme de nada? Sería lo que todos esperaban de mí que fuera. Y si alguna vez mi corazón se atreviera a dirigirme la palabra de nuevo, con un lindo chistido lo pondría en su lugar. No podía poner en riesgo mi camino hacia la felicidad. Y si él se había convertido con su tozudez e insistencia en mi principal enemigo, no le iba a permitir que conspirara contra mi éxito. Lo pondría a raya cada vez que fuera necesario, sólo para demostrarle que el que mandaba era yo. Yo era el dueño de mi vida. Y por lo tanto, el dueño de mis decisiones. El era sólo un invitado a la fiesta. Un actor de reparto en una novela en la que el autor y director era yo. Por lo tanto, era importante que entendiese que las reglas las ponía Gregorio Lemos.

 Así pensaba cuando era Gregorio Lemos.

 Las plantas carnívoras me deglutieron. Me dejaron seco. En un desierto sin agua dominado por escorpiones.

 Ya no lo soy más. Aquí, en la selva, deseo como nada en este mundo recordar quién soy. ¿Cómo era el timbre de voz de mi corazón?. ¿Cómo hacer para conectarme con toda la bendita vida que me rodea, ya no desde mi cerebro, sino desde aquel a quien intenté enjaular para que no alterara mis pasos, sin darme cuenta de que a quien estaba  poniendo prisionero era a mí mismo? No podía sentirme más seco. Más vacío. Y decidí hacerlo de una buena vez.  Nada había sido para mí más fuerte en toda mi vida que la necesidad de proteger a los animales, víctimas de los cazadores profesionales que los depredaban. Nada me hacía sentir más vivo que pensar en ello. Nada se le podía comparar al sentido trascendental que pensar en esa meta, le daba a mi existencia. Sólo así, valía la pena. Únicamente por eso, podía dormirme a la noche, ansioso en que comenzara el nuevo día.

                                                                     ♥

 Hice un tiro al aire como advertencia. Les grité que donde yo estuviera nadie podría matar un solo animal .

 Dispararon.

 El plomo ingreso en mi muslo derecho.

Jalé el gatillo. Una, dos, varias veces, hasta vaciar el cargador.

Creí que los había ahuyentado. Quebrado por el dolor,  me respaldé en un árbol y me hice un torniquete en la pierna. Perdía mucha sangre. Necesitaba ayuda médica urgente.

 Caminé cojeando sin rumbo, durante horas. Buscaba desesperadamente algún indicio de vida humana. Lo último que vieron mis ojos como una fotografía fuera de foco, fue una aldea. Escuché gritos de niños peleando o jugando. Estaba envuelto en una bruma cada vez más opaca. Me desplomé al suelo y la oscuridad lo cubrió todo.

Ahora todo era silencio.

                                                                 ♥

 No recuerdo haber recibido una dedicación tan esmerada por nadie, como la de aquella enfermera del hospital. Si no hubiese sufrido cinco impactos de bala que justificaron mi internación, los habría inventado sólo para ser su paciente. Era la mujer más seductora que había conocido jamás. Me quedaba embelesado observándola mientras me cambiaba las gasas, me controlaba el suero, me depositaba  la bandeja de comida sobre la mesa rebatible. ¿Existía el amor a primera vista? Yo siempre había descreído de ese cuento de románticos idealistas. Sin embargo, no podía estar más embobado. Cada vez que entraba a mi sala,, el corazón me latía al ritmo del galope de un caballo de carrera que acomete el último tramo hacia la recta final. Es que así me sentía yo. Un pura sangre deseando conquistar a su yegua. Yo no sé si ella se daba cuenta de todo lo que me pasaba. Creo que sí. Pero la realidad era que no me la podía sacar de la cabeza. Y cuando la sentía atenderme con tanto amor…¡dios mío!…. era como tomar dos vasos de whisky completitos. Me dejaba el alma totalmente borracha.

Hasta que un día, vino seria como nunca la había visto.

Circunspecta y preocupada, se paró al lado de mi hombro, me arregló el pliegue de la sábana, me acarició el pelo y con los ojos humedecidos me dijo:

 –   Gregorio, cuando los médicos lo den de alta no va a poder volver a su casa.

–   “¿Cómo?”, le pregunté confundido. Temí lo peor. Que ya no podría volver a caminar. O que me habían encontrado alguna enfermedad terminal.

–   “Hubo una denuncia”, me explicó Mabel. Su voz sonaba desgarrada. Dolorida. “Lo están investigando. Cuando lo den de alta, va a ser detenido por la policía”.

–   ¿Denuncia? ¿Qué denuncia?¿De qué estás hablando Mabel?

–   Al mismo tiempo que ingresaste al hospital, hace 3 semanas, recibimos a otro paciente. También estaba herido de bala como vos. Los peritos determinaron que las balas salieron de tu arma.

–  ¡¿Pero de que me estás hablando Mabel?! ¿De qué arma me estás hablando?!, la increpé fastidiado. “En lo único que pienso es en cómo hacer para animarme a decirte que estoy locamente enamorado de vos, y resulta que vos me venís con una historia descabellada de peritos, armas y balas?! ¿¡De qué me estás hablando?!, grité enfurecido.

 Traté de incorporarme en la cama, pero la pierna me dolía como nunca. No podía moverme. Mabel me miraba desde allá arriba con lágrimas en los ojos. Eran lágrimas de impotencia. Con sabor a decepción. A desconsuelo. Yo cada vez entendía menos. Pero lo que más me costaba asimilar era sentir que Mabel se alejaba. Se iba cada vez más lejos. Y cuando la trataba de acercar hacia mí de nuevo para cobijarla calentita en mi corazón, Mabel se resistía, pegaba un tremendo chicotazo, y volvía a huir. Y cuanto más le gritaba ¡Te amo, Mabel! ¡Te amo!, ella echaba a correr como una gacela y se perdía en un  horizonte cerrado, de un cielo plomizo, inundado de nubes de tormenta.

 –  Cuando llegaste en coma al hospital tenías un rifle colgado en tu hombro. Te están investigando por homicidio, Gregorio.

 Una lágrima brotó de sus ojos de miel.

Y recordé.

                                                                    ♥

 Cada día preso nunca dejé de pensar en Mabel. Jamás. Lo único que me mantenía con esperanzas era soñar en qué haríamos juntos cuando la pudiera recuperar. Fueron años muy duros. Conocí a gente que nunca imaginé que existiera. Aprendí de ellos muchas cosas. Otras tantas, reprobé. Cada instante era una eternidad. Cada noche, un infierno. Pasaba horas tratando de recordar cómo era la sensación de los rayos del sol pegando sobre mi mejilla. No podía permitirme olvidarla, porque hubiese implicado morir un poco. Trataba de inventarme proyectos para cuando saliera de la cárcel. No me importaba que para eso faltaran años. Era un incentivo que me ponía para que cada día tuviera algo de sentido. Algo de sabor. Si lo iba a poder cumplir o no, tenía para mí poca importancia. Era un juego que había inventado para darme fuerzas y poder continuar. Para eso, nomás.

Una mañana, luego del desayuno, los guardias nos ordenaron que debíamos presentarnos en el pabellón central. Nos dijeron que había novedades y que ya nos enteraríamos a su debido tiempo de que se trataban. “Mejor que hagan buena letra”, nos advirtió el jefe de turno, levantando el mentón y apuntándonos con su índice derecho.

La última vez que nos había dirigido la palabra el director del penal,  había ocurrido hace dos años. Una fuga de tres antiguos presos había caldeado los ánimos. El clima adentro de la cárcel se había puesto muy tenso, y reforzaron las medidas de seguridad. El director en persona se encargó de informarnos la nuevas reglas. Desde ese momento, nunca más lo habíamos vuelto a ver. ¿Qué sería lo que tendría preparado esta vez?

                                                                  ♥

–   “Los tiempos cambian, muchachos”, comenzó el director en tono circunspecto, y pensé que se nos venía la noche. “No podemos seguir teniéndolos acá sólo a la espera de que algún día salgan libres y se reintegren a la sociedad por acto de magia. Y mientras tanto, ¿qué? ¿Los encerramos acá y que Dios los ayude? Todos están acá por algo. Sabemos que ninguno es una carmelita descalza, y están pagando el precio por el delito que cada uno cometió. Muy bien. ¿A eso nos debemos limitar quienes los tenemos bajo nuestra responsabilidad? ¿A mantenerlos con vida? ¿No tenemos la obligación de ayudarlos a que se hagan mejores personas? ¿A que se conviertan en individuos valiosos para los demás? ¿Para sí mismos? ¿Para la sociedad? ¿No debemos darles herramientas para que tengan recursos dignos para ganarse la vida honestamente, allá afuera? ¿O nos dedicamos sólo a alimentarlos como ganado y a vigilarlos para que no se fuguen?

Yo escuchaba al director del penal anonadado. Nunca imaginé semejante discurso. Me parecía todo un gran sueño subsumido a la pesadilla mayor. Sin embargo, era todo real. Hasta que llegó al punto. Se implementaría un programa de educación integral. Habría enseñanza de oficios, carreras universitarias, y yoga. Todos teníamos la obligación de elegir un curso, de un total de 19. Debíamos dedicarnos a él hasta completarlo.

Casi salto de la alegría por el anuncio. Debí disimular mi felicidad para no hacer el ridículo. Teníamos 48 horas para elegir. Comenzábamos el lunes.

                                                                     ♥

Durante 7 años consecutivos me entregué a la práctica del yoga. Mi vida había dado un vuelco insospechado. La meditación me había llevado a territorios interiores totalmente desconocidos. Me había convertido en mi propio  laboratorio,  experimento e investigador, todo al mismo tiempo. De la prisión sólo quedaban la estructura física con reglas severísimas que me impedían salir al exterior. Pero nada podía hacer para coartarme la libertad de mi conciencia. En mi mundo privado, era libre como los pájaros.

Hasta que un día, sin proponérmelo, quedé absorto por un descubrimiento. En uno de los tantos estados contemplativos en los que ingresaba cada vez con mayor facilidad, tuve una visión. Ví a un corazón bombeando sangre al interior de un gigantesco dique. Lo hacía con un enorme esfuerzo porque la sangre no fluía como correspondía, sino que se acumulaba y se estancaba en esa enorme represa. Observé como iba provocando fisuras cada vez más severas. La liberación de la presión acumulada fue tan explosiva, que el caos se apoderó de la situación. Hasta que las grietas fueron tan grandes, que el enorme muro estalló en mil pedazos. La marea de sangre barrió con todo lo que se le cruzó por el camino.

Y lo comprendí todo.

Debía dedicar mi vida a la protección de los animales. El error había estado en el cómo. Lo encontraría estando en equilibrio. Para eso debía vencer mis miedos. Aquellos que construían mis diques. Si tenía éxito en eso, la forma de hacerlo llegaría sola. Me había equivocado en la implementación. No en el objetivo. La clave estaba en mi posicionamiento correcto frente a la realidad.

                                                                     ♥

Hace 5 años que salí por buena conducta. Soy guardaparque en una reserva nacional. Hoy puedo decir que me siento la persona justa, en el momento exacto, en el lugar preciso del Universo. Doy clases de yoga para nuestros visitantes. Los llevo hasta un lugar maravilloso, donde tengo preparadas colchonetas dispuestas a la vera de un arroyo. Cuando terminamos la meditación, los convido con té verde, frutos secos y cereales. A mis alumnos les enseño a amar y confraternizar con nuestros hermanos menores: los animales. A respetar a la naturaleza, porque lo que le hacemos a ella nos lo hacemos a nosotros también. Y fundamentalmente, les enseño a escuchar a su corazón.

Pablo Vaserman

 

 

 

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