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Posts Tagged ‘La mujer de la cascada azul’

Cuando tenía 12 años, conocí Misiones. Fue durante el viaje de egresados. Extrañamente y a diferencia de la costumbre clásica aquí en Argentina, en mi curso no se eligió a Bariloche ni Córdoba como destino para celebrar el rito de paso de la escuela primaria a la secundaria. Por el contrario, se optó por las Cataratas del Iguazú, en la provincia de Misiones, al norte del país.

Yo tenía un grupo de compañeros maravilloso, pero ese día, no me preguntes por qué, sentí la necesidad de tomar un rumbo propio, y no ir con ellos a la Garganta del Diablo como estaba planificado. Por si nunca oíste hablar de la Garganta del Diablo, es el salto de agua más famoso de las Cataratas del Iguazú.

Ya sea porque era algo trillado, por turística, armada con papel de regalo y moño. O porque todos hacían lo mismo mecánicamente sin preguntarse la razón que los llevaba allí. O por lo menos, sin preguntarse qué era aquello que el lugar verdaderamente les inspiraba hacer. En fin, el motivo no me lo preguntes porque no lo conozco. Sí sabía positivamente que deseaba hacer mi camino personal, sin seguir los pasos de nadie.

La realidad era que yo ya estaba pisando el suelo de las Cataratas. Mis amigos avanzaban alegremente delante de mí. Y recuerdo que fui deteniendo mi marcha, hasta que luego de unos minutos, ví a mis amigos como puntitos en el horizonte, que un segundo después, al doblar en una curva, ya no estaban más.

Yo buscaba aventura. Magia. No sé. Algo distinto. Y la verdad es que el entorno natural de las Cataratas era un espectáculo único. ¿Cómo describírtelo? Senderos en la montaña tapizados de verde que iban de acá para allá, con curvas y contracurvas que te conducían a lugares bellísimos e inesperados. Parecía como si la naturaleza se hubiera complotado en construirlo para que desearas perderte en ellos. Con tantos árboles, plantas y agua por todos lados, que había que ser muy necio para desaprovechar semejante convite a internarse en ese laberinto de pura vida. 

En el fondo, yo quería que me sorprendiera. Que la selva me sacara de su chistera un conejo. Un conejo mágico, con galera y bastón, que me guiara por los secretos más fantásticos de su mundo.

Te la hago corta.

Yo estaba ensimismado en mis pensamientos, pero nunca había dejado de caminar.

Hasta que en un momento, tengo frente a mí una cascada, muy bella, pero extrañísima. Porque el agua era de un tono azulado, te diría que muy parecido al cuarzo azul.

Para mi mayor sorpresa, detrás de esa caída de agua, había una silueta que se movía.

Entonces, con mucho cuidado –porque el musgo de las piedras era muy resbaladizo- me fui acercando sigilosamente….hasta advertir que esa
silueta era la de una señora mayor para mis 12 años, pero joven y vital en
cuerpo y espíritu.

Te voy a confesar que fue algo extraño el encuentro, porque ella no se sorprendió en lo más mínimo de mi presencia. Te diría que al contrario: la sensación que tenía era como si me hubiese estado esperando.

La cuestión es que me empezó a hablar de cosas que yo no entendía nada. Era como si me hablara en chino mandarín.

Sin embargo, escucharla me fascinaba.

Otra cosa rara que la caracterizaba era que entre charla y charla, también hacía movimientos de lo más extraños. ¿Cuándo? De repente, cortaba la conversación en seco, y se ponía a dar cinco giros completos y consecutivos sobre su silla repleta de símbolos, como si de golpe se hubiese transformado en un trompo humano.

Yo me quedaba atónito, y no sabía si salir corriendo al grito de “esta mujer está del tomate!”, o hacer la vista gorda y quedarme a su lado para seguir disfrutando de sus fantásticas historias, que tanto me maravillaban.

Pero cuando luego de vacilar, finalmente decidía quedarme, una vez más ella abría su caja de sorpresas, y nuevamente, me dejaba con los dos ojos abiertos como un sapo.

Entonces cortaba la conversación de cuajo, se tiraba al suelo y se ponía a hacer abdominales frente a mí.

–   “¿Qué estás haciendo?”,  le pregunté

–   “No, es que ayer descargué del auto un cajón entero lleno de frutas y verduras, y me duele la cintura”, se justificaba.

Y luego, continuaba con sus historias como si nada.

Hasta que en un momento, ya bien entrada la noche atiborrada de estrellas, me dijo:

“Te voy a hacer un regalo. Te voy a enseñar una meditación para que siempre tengas paz, amor, sabiduría y felicidad”.

Yo pensé:  “otra vez esta señora con sus rarezas. Conseguir paz, amor, sabiduría y felicidad con una meditación. A ver ahora con qué me va a salir”.

La cuestión es que me explicó paso por paso como hacerla, y luego me la anotó en una caña de bambú para que no me la olvidara.

“Tomá”, me dijo. “Guardala para el futuro. Porque ahora te voy a enseñar a luchar. Así que más te vale que agarres la caña bien fuerte”.

¿A luchar? ¿A luchar contra quien? ¿Y con una caña de bambú? “Esta mujer está definitivamente mal del bocho”, pensé impacientándome.

Además, si bien era un poco rara en su comportamiento, la expresión de su rostro era bondadoso, tierno; el tono de su voz, angelical. La verdad era que esa mujer no podía matar ni una mosca.

Y encima ¿enseñarme a luchar?

Era una señora mayor. Yo en cambio en esa época jugaba al básquet, hacía fierros, tenía un estado atlético soberbio. La mujer de la cascada, en cambio, era una vieja bondadosa y extravagante. ¿Iba a tomarla en serio?

No me preguntes como lo hizo. Ni de dónde lo sacó.

Pero el puñetazo de técnica depuradísima que me encajó en el centro exacto de mi abdomen, con la potencia de un martillo neumático, primero hizo que me doblara como un compás. Después, ví estrellas de todos los colores.
Y finalmente, me derrumbé al suelo.

Antes de desvanecerme, recuerdo que la escuché decirme:

–  “Mirá como te la puso, la viejita bondadosa”.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, ella ya no estaba.

Del enojo que me quedó, tiré al río la caña donde me había
anotado las instrucciones para hacer la meditación de la paz, el amor, la sabiduría y la felicidad.

Más tarde quise recordarla.

Lo intenté una y mil veces.

Nunca pude.

Nunca más la volví a ver.

Y muchas veces me pregunto, qué será de la mujer de la cascada azul: la sacerdotiza más despiadada que jamás he conocido.

Pablo Vaserman

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