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Posts Tagged ‘La Noche Oscura del Alma’

Las olas del mar bañaban la costa con sus lenguas de sal. Marcaban el perímetro de ese pedazo de tierra en el medio de un universo de agua batiente. Podría decirse que en esa isla no había más que un alma vieja. El resto eran almas nuevas o jóvenes, haciendo sus primeros palotes en un planeta muy pequeño, de un sistema periférico, perteneciente a una galaxia llamada Vía Láctea.

Estaban encarnadas en plantas, árboles, animales silvestres, cetáceos, insectos.

Medoyán en cambio, era la única alma vieja de ese ecosistema perdido en el medio de la nada. ¿Cómo llegó Medoyán a estar solo en la isla, sin ningún contacto con el mundo exterior? ¿Cuál es su historia? ¿Su pasado? ¿Quiénes fueron sus amores, y cuáles sus desengaños? ¿Cuál era su comida favorita? ¿Qué libros le gustaban leer? ¿Qué hacía en sus ratos libres? ¿A qué se dedicaba? ¿Cómo se ganaba la vida? No lo sabemos. Sólo él lo sabe, y respetamos su silencio. Un silencio en el que está sumido desde hace doce años, cuando ocurrió aquel infausto naufragio, del que hoy es el único sobreviviente.

Aunque en tren de ser precisos, habría que decir que Medoyán no sobrevivió al ataque enemigo. Más bien, perdió la vida, y renació. ¿Cómo se experimenta semejante prodigio? Sólo él lo sabe. La única información que manejamos es que su corazón dejó de latir, y Medoyán entregó su último aliento a las estrellas, mientras lo cubrían compasivamente con su manto de plata. Su vida se apagó como se consumen las velas que hacen el milagro de crear luz donde antes había oscuridad. El pabilo de su vida se había terminado y la llama murió.

Cuando su alma salió de su cuerpo, viajó a dimensiones imposibles de concebir para la mente. Cuatro ángeles de fuego la llevaron a darse un baño de agua bendita celestial, para purificarla y devolverle el brillo que le pertenecía, luego de quedar percudida por los avatares tan complejos que ocurren cuando un ser espiritual tan puro y elevado, encarna en un planeta condicionado por las fuerzas del mal como el planeta Tierra.

Su alma arribó a un lugar de la Creación, caracterizado por estar fuera del tiempo y del espacio. Allí, los ángeles le colocaron un zafiro en su entrecejo. La gema emitía un brillo tan remoto y penetrante, que los querubines y serafines de más alto grado, perdieron el aliento por el asombro que les produjo presenciar semejante maravilla.

En su chakra cardíaco, le pusieron una piedra de diamantes, para que iluminara el camino a quienes desearan ser guiados por un criatura ungida por Dios.

Sobre sus manos, anillos. Uno para cada dedo, cada cual dotado de un poder especial. No podemos revelarlos a todos. Pero hay tres que sí.

En el meñique derecho, los ángeles le colocaron un anillo de oro verde. Provenía de unas montañas nevadas que existen en un planeta de la octava dimensión. Proyectando la luz de este anillo sobre los ojos de una persona, Medoyán sabría sin lugar a dudas qué era lo que esa alma necesitaba aprender, y cómo colaborar con el mundo espiritual para crear las circunstancias más favorables en la realidad física, de tal manera que las pudiera vivir, y con ellas, tener la oportunidad de evolucionar.

En el mayor izquierdo le colocaron un formidable anillo de Topacio. Apuntando la piedra preciosa sobre el corazón del alumno, y pronunciando cinco palabras mágicas mientras simultáneamente entonaba una melodía angelical, podría proyectar sobre el cuerpo mental del estudiante, recuerdos del paraíso. Pero no cualquier clase de recuerdos, sino algunos muy especiales. Momentos y vivencias que efectivamente esa persona tuvo allí, hasta que decidió ingresar a la rueda de las encarnaciones y comenzar su vasto viaje educativo del alma por el Universo.

En su índice derecho, una mariposa divina se posó con una elegancia indescriptible. Su belleza encandiló a todos los elementales del aire, del agua, del fuego y de la tierra. Frente a la solicitud de su nuevo amo, el ser alado podría conversar con los duendes y las hadas para organizarle al candidato elegido por Medoyán, momentos mágicos. Verdaderas situaciones que desafiaban a las más rigurosas leyes de la física conocida,  sin necesidad de que el elegido tuviera que salir de la realidad cotidiana.

En sus tobillos, alas plateadas le permitirían remontar vuelo hasta cada lugar del Universo donde su mariposa le soplaría al oído, el secreto de donde hallar las soluciones para las grandes necesidades por las que muchos seres humanos irían a buscarlo, anhelando el asesoramiento sabio de un maestro espiritual que alumbrara su vida y los guiara hacia el despertar.

La corte celestial lo nombró rey de la Tierra, y le colocó sobre su cabeza una corona de oro blanco, engarzada con rubíes, amatistas, zafiros y cinco ojos angelicales, a través de los cuales podría ver todos los futuros posibles y seleccionar el más fértil asociado a cada alumno suyo, para que le brindara las mayores herramientas y oportunidades para cumplir con su misión espiritual.

Los orfebres divinos también incrustaron un ojo dorado sobre su columna, el cual le permitiría ver el pasado para ir a buscar lo mejor de otras vidas de cada individuo y traerlo a su presente para ayudarlo a progresar, con la condición de que utilizara esos dones para ayudar a progresar a los demás.

Finalmente, los ángeles le entregaron cuatro pergaminos celestiales. Seres vivientes portadores y guardianes de la Sabiduría, que sería servida a Medoyán como su alimento y su bebida diaria, durante toda su vida.

Cuando toda esta ceremonia culminó, la voluntad Divina ordenó que Medoyán regresara a su cuerpo, en aquella isla perdida, ubicada en alguna coordenada del océano Indico, y le fuera devuelto su papel de náufrago sin esperanzas ni horizontes.

Pasarían 14 años hasta que fuera rescatado, se reinsertara a la sociedad, y descubriera que había sido convertido en el maestro espiritual más grande del planeta.

Sin embargo, para que ello ocurriese, debería pasar por largas pruebas, para demostrarle al mundo invisible que merecía todos los regalos que había recibido, y que valía lo que de él pensaban. Recién allí, recordaría quién era.

La mayor de esas pruebas, era si tenía fe en Dios, o no.

Un náufrago, olvidado y sólo, en una isla fuera del mapa.

Y en eso estaba, Medoyán.

Pablo Vaserman

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