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Posts Tagged ‘Un cuento de Navidad’

Tomás tenía 4 años, pero hacía preguntas de grandes. Superpoblaban su cabeza como miles de mariposas que aleteaban con los colores del arco iris. Cada una, era una idea. Pero raramente alguna vez las expresaba. No confiaba en el conocimiento que tenían sus padres, abuelos, o maestros. Intuía que eran repeticiones de saberes que sólo los usos y costumbres habían legitimado y vuelto verosímil. Sospechaba que con uno o dos porqués, el castillo de naipes se derrumbaría, y el rey quedaría desnudo. Era por esa razón que Tomás mantenía un silencio decoroso. O habría que decir, compasivo. No tenía intención de incomodar a los seres que lo criaban y educaban con tanto amor y esmero. Mucho menos deseaba dejarlos en evidencia. Pero en su corazón sabía que la manera en que ellos construían la realidad, carecía de verdad. Sólo estaba fundada en creencias, suposiciones, preconceptos y axiomas arbitrarios. Tenían verosimilitud. Sí. Pero no eran verdaderas. Entonces Tomás se encontró ante al gran dilema de cómo ubicarse frente a esa situación. Nada de lo que le explicaban, razonaban, indicaban, ordenaban, tenía para él, el peso de la verdad. Por lo tanto, tampoco autoridad. Sin embargo, era un niño de 4 años que debía cumplir con los mandatos de sus mayores. ¿Cómo podía resolver esa contradicción?

Llegó a la conclusión intuitiva de que debía inventarse un papel. Un rol similar al que ejerce cualquier actor. La estrategia que aplicaría iba a ser así. Fingiría que escuchaba a todos con suma atención. Con un gran interés y una generosa receptividad a todas las enseñanzas que se le brindaran, aceptando benévolamente todas las correcciones que se le hicieran. Mientras tanto, él sería el arquitecto de su propio mundo interior. Sería Tomás quien dejaría pasar lo que a su criterio fuese útil o interesante, y quien filtraría todo lo que le resultara banal o equivocado. De acuerdo a las decisiones que realizó, este segundo ítem ascendió al 94%.

De modo que Tomás había pergeñado una ingeniosa estrategia: sacrificaba y entregaba su ser externo, para proteger su mundo interno de la colonización de los “invasores”, y ser el único soberano de su propia conciencia.

Así transcurrieron 3 años de éxito total. Tomás se había convertido en un actor consumado. Todos festejaban lo aplicado que era. Él, por su parte, podía de esa manera, vivir en paz. Y lo más destacable de su actuación, era que nadie sospechaba que ese niño dócil y tan dúctil para educar, estuviese interpretando papel alguno. Escuchaba atentamente, obedecía todas las indicaciones sin cuestionarlas, reproducía puntillosamente aquello que los demás esperaban de él. Y todos contentos. La obra era un éxito monumental.

Hasta que un día, la obra se vino a pique.

Fue una noche, en realidad. En nochebuena, para ser precisos.

La cosa fue así:

Alrededor de la mesa cenaban Tomás, sus padres, 3 hermanos y 3 abuelos, en plena camaradería. La comida era abundante y sabrosa. El espíritu de la reunión era alegre, y todo transcurría con normalidad o dentro de lo previsible. Hubo algún cruce infantil entre sus dos hermanitos menores porque a uno le había tocado una porción más grande que la del otro. Luego asomó el relato del estado de salud de su abuelo Juan, a poco de haber sido dado de alta en una intervención quirúrgica. Más tarde, todos conocieron el plan de su padre para las vacaciones familiares.

En fin, nada fuera de lo común o cotidiano.

Hasta que llegó el momento de abrir los regalos. Fue cuando al abuelo Juan se le atragantó el maní tostado que masticaba con pasión. No había forma de sofocar su tos, a pesar de los dos vasos completos con agua que tomó. Tampoco la desactivaron las contundentes palmadas que el padre de Tomás le propinó en la espalda.

Aunque a decir verdad, el abuelo comenzó con su ataque de tos cuando Tomás, promediando su helado de chocolate, preguntó ¿por qué hacemos regalos en Navidad?

Su mamá, que volvía de la cocina con un pan dulce lleno de frutas abrillantadas, se sintió impactada por la pregunta de su hijo. Tratando de disimular su desconcierto, y depositando nerviosamente el pan dulce sobre la mesa, le dijo con una sonrisa forzada:

–  ¿Cómo decís, mi amor?

–  Que no entiendo por qué hacemos regalos en navidad. El verdadero regalo es la vida. Que estemos sentados todos juntos alrededor de esta mesa. Que sirvamos a los demás para que ellos y nosotros podamos ser mejores. Yo siempre me pregunto para qué vinimos aquí, mamá.

–  ¿Aquí dónde, Tomás?, le preguntó su madre, preocupada, a quien ya se le había borrado la sonrisa. Su abuelo, seguía tosiendo, y tenía las mejillas coloradas.

–  Aquí mamá. A este mundo. Vendremos por alguna razón, ¿no es así? Digo, para hacer algo especial. Algo que sólo podemos hacer cada uno de nosotros.

Su papá empezaba a tomarse la escena con seriedad. Se acomodó en la silla como pudo, -aún continuaba dándole palmadas en la espalda al abuelo- y le dijo a Tomás, no sin cierta ansiedad:

–  ¿De qué estás hablando, Tomás?

–  De eso, papá. De que algo especial habremos venido a hacer. Sin embargo, en la escuela nunca nos hablan del tema. Y yo siempre me pregunto por qué. Nos llenan de información. Pero de sabiduría, nada.

Sus padres lo miraron atónitos. Ya no decían nada. Estaban mudos. Hasta el abuelo Juan hizo silencio.

–  Es que yo tengo la sensación que todos ustedes, los grandes, pasan por la vida como si la vida fuera eso: comer garrapiñadas y juntar plata para regalar el triciclo en navidad. Y yo no lo entiendo, les confesó Tomás, mientras se llevaba a la boca una cucharita con helado de chocolate.

–  ¿Qué es lo que no entendés, Tomás?, dijo casi gritando la mamá, algo desesperada y con tal ímpetu, que su silla chirrió en el suelo.

–  No entiendo por qué buscan tanto afuera, cuando en verdad la búsqueda auténtica se debería hacer hacia adentro. No entiendo por qué si el verdadero regalo es la vida, no la honran cumpliendo con lo que se comprometieron a hacer aquí, antes de encarnar, en lugar de suplir esa promesa con actos y gestos secundarios. ¿Por qué si el maestro está en el corazón de cada uno, creen que el tributo deben hacerlo combinando objetos y decorados, que no sirven para otra cosa que para ser utilizados en la vida mundana? Y no es que yo no disfrute de este momento, se disculpó Tomás . Es tan solo que hay muchas cosas que no comprendo de lo que hacen ustedes los grandes, mamá.

Tomás terminó el helado de chocolate y no volvió a hablar más en toda la noche. Necesitaba regresar a su papel rápidamente, para sobrevivir. Pero por unos minutos, se había permitido ser él mismo. Lo cual no era poca cosa, a sus 7 años de edad.

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